La ideología de la corrupción (o cómo defender a 437 mil sinvergüenzas)

Hay conceptos en política que, preparados de antemano cuidadosamente por asesores, o expulsados intempestiva y directamente desde el circuito cerebro-lengua del propio interlocutor, acaban instalándose para bien o para mal en la memoria colectiva.

Un millennial chileno podría recordar varios acuñados justamente durante los gobiernos de Lagos y Bachelet. “El jarrón”, “femicidio político”, “el legado” y la recientemente revivida “bacheletista-aliancista” fueron joyas retóricas creadas durante la época de oro de la Concertación.

Mi favorita, sin embargo, es la entrañable y –por qué no decirlo– histórica “ideología de la corrupción”, parida por el otrora senador y presidente del PPD, Jorge Schaulsohn. A ella quisiera dedicar unas palabras en esta ocasión.

Primero situemos el contexto. Eran otros tiempos: los tiempos de Camilo Escalona y Carlos Larraín; de la Concertación y de la Alianza por Chile. Años cándidos en que las grandes preocupaciones instaladas en la palestra política no pasaban de ser cuestiones francamente domésticas. Hablamos de catorce años atrás: Pinochet acababa de morir y Giorgio, Gabriel, Camilita y Karolín apenas habían colgado sus uniformes escolares en el perchero mientras se formaban con sus primeros libros: El Manifiesto Comunista Ilustrado y Coloreando con Karl Marx.

Era una época en que los gobiernos de la Concertación, al margen de sus aciertos económicos, ya acumulaban un funesto y extenso prontuario de casos de corrupción, entre los que podemos enumerar –en una lista ni cerca de ser exhaustiva y ciertamente sin orden de prelación alguno–: MOP-Gate, Publicam, Chiledeportes, EFE, INDAP, Inverlink, los Programas de Generación de Empleo y, en general, diversas manifestaciones de lo que más tarde se llamaría eufemística y benignamente “malas prácticas”, tales como clientelismo, cuoteo, financiamiento de campañas con platas públicas y anquilosamiento de operadores políticos en el aparato estatal que persisten hasta el día de hoy.

Eran otros tiempos.

Volviendo a “la ideología de la corrupción”, el concepto vio la luz en una entrevista concedida por Jorge Schaulsohn a El Mercurio justamente en diciembre de 2006. En ella, el legislador denunciaba que, amparándose en la supuesta concentración del poder económico de aquel entonces en manos de la derecha (lo que ciertamente era y sigue siendo falso), sus propios compañeritos de coalición realizaban en privado toda clase de contorsiones filosóficas y dialécticas a fin de justificar sus corruptelas, en lo que representaba a fin de cuentas una suerte de actuar loable para emparejar la cancha. En palabras simples, razonaba un político de la Concertación según Schaulsohn, si mi adversario de derecha –el mal– tiene plata, y yo –el bien– no, me es lícito estirar la mano a fin de situarnos en igualdad de condiciones.

Malas artes mediante –a quién le importan dichas sutilezas–, la Concertación se adelantaba a su tiempo y hacía suyo el igualitarismo radical que tardaría años en tomarse la agenda política chilena junto a otras modas como el feminismo de cuarta ola y el indigenismo.

Después de publicada la entrevista (cuya lectura completa recomiendo encarecidamente por estos días, máxime cuando varios de esos personajes aún sobreviven en pleno 2020 y proponen con total desparpajo redactar una nueva Constitución) por cierto que Troya ardió. Don Jorge fue catalogado como mentiroso y traidor –en el mejor de los casos–, fue expulsado por esa curiosa invención institucional que es el Tribunal Supremo de un partido, y quiso enmendar el rumbo formando un nuevo referente, solo para terminar autoexiliándose en Estados Unidos, desde donde hoy tuitea reflexiones que se asemejan extrañamente a unas especies de haikus políticos (con barras diagonales separando versos y todo) y que a veces me hacen dudar si acaso Patricio Navia no se habrá tomado su cuenta. Sad but true.

Anyway, esa es otra historia.

Del 2006 al 2020: reivindicando la ideología de la corrupción

La razón por la que he extraído “la ideología de la corrupción” del baúl de los recuerdos es que fue precisamente dicho concepto y toda la entelequia filosófica detrás lo que se me vino a la cabeza cuando me enteré, con pesar, de que 437 mil personas habían falseado sus ingresos frente al Servicio de Impuestos Internos a fin de obtener el bono de clase media de manera indebida, así como las más inverosímiles justificaciones éticas que al respecto se esgrimieron.

No pocos compatriotas han querido defender la verdadera aberración moral y jurídica que significó dicho acaparamiento a través de dos argumentos. De hecho, es posible que incluso el lector o algún conocido suyo haya llegado a coquetear con alguna de estas ideas.

Al primer argumento le llamaremos la defensa del hurto famélico, al otro justamente la defensa “ideología de la corrupción”.

Partamos por el primero, bastante autoexplicativo por lo demás. Según quienes esgrimen esta idea, la defraudación de esos 437 mil honrados trabajadores se justificaría de forma similar a como se defiende al que muriéndose de hambre y no teniendo dinero roba comida: en tiempos de necesidad, la acción dolosa a ejecutar no revestiría tanta gravedad, toda vez que se estaría evitando un mal urgente que no permite sino tomar medidas drásticas e incluso derechamente ilícitas.

Desde luego esta falacia pretende desconocer la posibilidad de arreglárselas de forma lícita y honesta en medio de la adversidad, como simplemente lo hacen otros tantos millones de seres humanos.

Además, el argumento suele ir de la mano con la defensa Johnson’s y la defensa Penta (“el SII le condonó millones a Johnson’s y le joden la vida a 437 mil trabajadores”, “a Délano y Lavín los mandaron a clases de ética”), relativizando así lo que es estrictamente delictivo e ilustrando a la perfección el clásico doble estándar del chileno o, en menos palabras, nuestra hipocresía.

Desde luego, esta “defensa” no representa más que un simplismo ramplón, similar al de quien justifica bajo ciertos peculiares supuestos la destrucción de propiedad ajena  o pública, e incluso el daño a la integridad física y psíquica de otras personas junto con la lesión de otros derechos fundamentales, so pretexto de ciertas distorsiones históricas –que rayan en lo orwelliano– o incluso de la realidad más reciente.

En cuanto al segundo argumento, esto es la defensa “ideología de la corrupción”, aquel no solo guarda relación con lo que en el fondo denunciaba Schaulsohn, sino precisamente con esta última idea de que estaríamos frente una suerte de devuelta de mano histórica. Así, en opinión de algunos, como “nos han” (un colectivo bastante difuso) metido el dedo en la boca durante años, existiría una suerte de compensación moral. En pocas y coloquiales palabras: si ellos tienen plata, yo también puedo y debiese tener. Si ellos han robado, yo también tendría “derecho” a robar.

Curioso, por decir lo menos, dadas las incontables funas que la sociedad civil ha practicado de forma sistemática durante la última década tanto en contra de políticos como de empresarios a causa de colusiones, elusiones, evasiones y robos.

Los 437 mil sinvergüenzas

En cualquier caso, resulta interesante detenerse en la fisionomía de ese grupo de 437 mil chilenos.  Porque si bien es posible que en ciertos casos se pueda tratar de gente que efectivamente se encuentra en una situación económica apremiante –lo que en todo caso, insisto, en caso alguno justifica la falsificación de los datos y la obtención indebida de esos dineros–, 37 mil nada más ni nada menos pertenecerían a esa privilegiada casta denominada sector público, esa que cuenta con trabajo asegurado y que, a pesar de esmerarse en propagar falsedades de la entidad de “el Estado es el peor empleador”, gana un 75% más que los demás trabajadores del país y vio sus sueldos aumentados en un 172% solo entre 2005 y 2015.

Esta casta es más variopinta de lo que se cree. No se trata necesariamente, como alguien erróneamente podría pensar, de trabajadores de oficina laborando para algún servicio o SEREMI. En tal sentido podríamos mencionar, por ejemplo, los médicos y trabajadores de la salud pública, varios de los cuales son manifiestos operadores políticos del PC antes que profesionales. Hablo de médicos que hasta antes de la pandemia se dedicaban a tomar cafecito, cantar canciones de Silvio en los consultorios y a tirar licencias médicas truchas, y que ahora se felan entre sí y se dedican mutuamente ilustraciones de superhéroes en Instagram por tener que trabajar. He llegado a ser testigo de oídas de casos en que médicos, entre risas, manipularon sin asco los sistemas en sus respectivos consultorios con tal de percibir el dichoso bono.

También me parece especialmente destacable e ilustrativo de la podredumbre moral que se ha apoderado de Chile el caso de un funcionario de educación que, supongo que demostrando más dotes de humorista que de educador, quiso salir jugando de ocurrente y gracioso al responder el correo del Servicio de Impuestos Internos en que se requería la devolución de los montos, invocando nada menos que a Ponce Lerou. Dicho correo, entiendo, se hizo viral. Pero como la desfachatez ya es virtud en un país atolondrado y adicto a la celebración de cualquier estupidez emergida de las redes sociales, el joven no solo se quedó en el sardónico mensaje escrito, sino que se grabó en un video posterior y hasta apareció en noticiarios, repitiendo precisamente varios de los puntos que ya se mencionaron párrafos atrás.

Este último caso puntual lo menciono no porque me parezca especialmente deleznable la sinvergüenzura manifiesta de quien, muy suelto de cuerpo, al final dice “bueno, si tengo que devolver la plata devolveré”, casi como si estuviera haciéndonos un favor, sino precisamente por el ámbito en que se desenvuelve profesionalmente. De nuevo, me consta (y esta vez, tristemente, de forma personal) que la educación pública chilena está infestada por gente de esta calaña, presas de la deconstrucción que no solo le hacen el quite a las evaluaciones docentes como gato roñoso al agua, sino que se dedican sistemáticamente a lavarle el cerebro a adolescentes perdidos mientras pregonan su propia degeneración ética e ideológica.

Está claro, como ha dicho más de algún lúcido analista, que la crisis en Chile es de orden moral.

Para rematar, ha emergido mediáticamente también la voz de la presidente de la Comisión de Trabajo de la Cámara de Diputados, Gael Yeomans, quien milita en un partido integrante (¡sorpresa!) del Frente Amplio. Claramente necesitado de la emergencia de nuevos liderazgos, y en un típico afán por conseguir mayor adhesión popular mediante el populismo, bien la coalición, bien el partido “Convergencia Social”, han tenido la osadía de proponer nada menos que un “perdonazo”. De nuevo, la defensa Johnson’s. “¡¿Y cómo él?!”.

Por lo demás, si se le concedieran esos 500 mil pesos a 437 mil sinvergüenzas, ¿por qué no a todos los chilenos de clase media? ¿O se trata solo de premiar a los “más vivos”? ¿No es suficiente la romantización del lumpen en las calles, que ahora hay que celebrar incluso a quienes alteran sus cifras para apropiarse indebidamente de platas públicas?

En fin. Supongo que es sencillamente imposible pedirle peras al olmo, y exigirle altura republicana a la coalición liderada por Beatriz Sánchez, una coalición esencialmente populista e infantil en lo que ya es de por sí una casta política en decadencia, es como pedirle compromiso democrático a los susodichos y al PC. Simplemente un imposible.

Virtud a la chilena

Al margen de la actitud deleznable de los políticos o los funcionarios públicos, voy finalmente al que me parece es el gran tema de fondo: el precioso doble estándar que caracteriza al chileno medio, ese ser experto en pontificar y pregonar virtud en las redes sociales y en las sacadas de vuelta con los compañeros de oficina, pero que en los hechos pareciera ser no muy distinto del político o empresario al que con mirada inquisidora y dedo acusador apunta de manera constante. Hablo del típico chileno, el que pretende ser Finlandia, Noruega o Nueva Zelanda comportándose como caudillo corrupto del África subsahariana.

En un ánimo de seguir recordando cosas de un pasado relativamente remoto, la situación me evoca un seguramente también recordado video viral de manufactura argentina, en el que la voz solemne y apesadumbrada del locutor, después de encender el ventilador contra sus propios políticos corruptos, acababa por condenar a la sociedad trasandina toda por lo que lamentablemente parece ser, en general, la idiosincrasia de las sociedades latinoamericanas. El “conmovedor mensaje a los argentinos” de C5N parecía ser más bien un conmovedor mensaje dirigido a todas las naciones del continente.

Por lo mismo siempre me ha parecido gracioso el púlpito de superioridad moral desde el cual muchos chilenos critican a sus políticos, empresarios y a veces incluso colegas. Oyen en los titulares la frase “boletas ideológicamente falsas”, rasgan vestiduras y comienzan a botar espuma por la boca rabiosamente, casi como si de un condicionamiento pavloviano se tratase.

Así y todo, ¿no es cierto que si un chileno promedio tuviera la oportunidad de hacer lo mismo, probablemente lo haría? ¿No es cierto que un dueño de negocio, grande o pequeño, trata de pagar tan pocos impuestos como puede buscando la pillería? ¿No es cierto que hecha la ley hecha la trampa? ¿No es cierto que nos encanta hablar de la viveza criolla? ¿No es cierto que muchos –demasiados– intentan hacer chanchullos a diario en sus propios trabajos? ¿O en el transporte público? ¿No es cierto que muchos –demasiados– desean maximizar sus ganancias de forma egoísta a costa de ese algo intangible llamado sociedad? ¿No es cierto que los mismos operadores políticos servidores públicos que se consideran “limpios” y con credenciales éticas para condenar al resto, pregonan una falsa empatía con “la gente” primero, para percibir unos sueldos millonarios groseramente inflados y a costa de esa misma gente después? ¿No es cierto que lo que dice la voz en off en aquel video es tan aplicable a los autores del tango “el que no afana es un gil” como a la propia sociedad chilena?

Por supuesto que estirar la mano al erario nacional es un pecado que debiese ser sancionado con linchamiento y decapitación en la plaza pública, después de todo nos están metiendo la mano en el bolsillo a todos los chilenos… PERO siempre y cuando el hechor pertenezca a esa difusa categorización denominada “privilegiados”, porque bien sabe Dios que ha de mirar para el lado cuando es uno, caso en el que sí está permitido ser deshonesto y en el que lo más probable es que a ese humilde hijo de vecino autor del fraude no le anime la creencia de que le está metiendo la mano en el bolsillo a todos los chilenos, sino a una cosa abstracta y difusa llamada erario nacional y por tanto, a fin de cuentas, no le está robando a nadie.

Esta no es una equiparación de males, que no se me malinterprete. Por supuesto que un fraude o colusión que involucra cifras multimillonarias es más grave, tanto desde el punto de vista económico como jurídico como de la fe pública, que el robo de un televisor durante una revuelta, una Negrita durante una visita al supermercado, o la declaración fraudulenta de un monto relativamente insignificante frente al Servicio de Impuestos Internos (individualmente considerado, pues no olvidemos que al final igual estamos hablando de millones de dólares). Pero ese no es el punto, y quien quiera argumentar maliciosamente desde dicha perspectiva evidentemente pierde el foco de la discusión.

Al final del día la reflexión es de índole cívica, o si quieren, por qué no, moral. Dice relación con la clase de ciudadanos que efectivamente somos o queremos ser, con nuestra decencia, honestidad y nuestro verdadero (o no) compromiso con la “dignidad” y todos esos valores que sin empacho alguno se cacarean tan profusamente a través de redes sociales y pancartas a la hora de salir a saltar, bailar y cantar por las calles con una Báltica en la mano “el que no salta es paco”.

Si Ghandi pudo llevar a cabo una revolución en contra de un régimen tiránico sin disparar un arma, no creo que sea mucho más difícil impulsar el combate contra la corrupción y la putrefacción de nuestras instituciones simplemente evitando tomar lo que no es de uno (y ojalá, de paso, sin quemar nada).

Es cierto que los tiempos han cambiado (¿han cambiado realmente?) y lo que hoy está en juego no es la legitimidad de la coalición gobernante de turno y el eventual traspaso del testigo a sus correligionarios, sino la legitimidad de toda nuestra institucionalidad e incluso democracia. Sin embargo, nuestro país parece haber hecho suyo y sin asco el artificio creado hace décadas por la Concertación, y la consigna resulta plenamente aplicable. En los tiempos que corren, pareciera que la sociedad completa al fin oficializa su abrazo de la ideología de la corrupción.

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