Un plebiscito y proceso constituyente a la chilena: parte II

El elocuente meme que los millennials del “18-O” distribuían con tanta gracia y simpatía durante la jornada electoral (autoría desconocida).

El día de ayer señalaba, cuando ya prácticamente se disponían a cerrar las mesas electorales, más de una razón por las cuales este proceso ha resultado ser un culto a la improvisación y a la ilegitimidad de principio a fin.

Con todo, comenzaron a surgir a partir de la misma tarde de ayer algunos nuevos antecedentes y eventos que permiten engrosar la lista y que resultan ser no menores. Hablo de algunos tan insólitos que debiesen inspirar vergüenza internacional y llevarnos a plantear si no será más honesto cambiar la estrella en nuestra bandera por una banana.

Siete: Chile tendrá una Asamblea Constituyente habiendo votado apenas la mitad del padrón electoral

El control de daños ya venía haciéndose de antemano. Así, incluso horas antes de que la elección concluyese, el presidente del Servicio Electoral afirmaba que se esperaba una alta concurrencia a la votación.

Transcurrieron las horas y junto con el resultado del plebiscito se conoció finalmente la cantidad de votantes que asistieron a las urnas: solo 7 millones y medio de chilenos, lo que no llega a ser siquiera el 51% del padrón electoral.

Ya preveíamos esta deficitaria concurrencia electoral el día de ayer. Bien podría haber sido propiciada tanto por el contexto pandémico como por razones más típicamente chilenas: falta de interés cívico, rechazo a la institucionalidad vigente o a nuestros políticos, ilegitimidad del plebiscito, flojera, etc. Como fuese, tratándose de, una vez más, “la elección más importante de nuestra historia”, la cifra resulta ser alarmantemente pequeña. Chile tendrá nada menos que una Asamblea Constituyente habiendo ido a votar apenas la mitad de los ciudadanos habilitados.

Con todo, estas cifras han bastado para que se desate el respectivo carnaval de políticos y periodistas subiéndose al carro alegórico de la “fiesta de la democracia”, decretando el éxito del proceso y pretendiendo envolver al mismo en un halo de legitimidad de la que simplemente carece. Ya decía que el control de daños venía haciéndose incluso desde tempranas horas del día de ayer, y curiosamente, a pesar del magro resultado en cuanto a participación ciudadana, se instala a la fuerza en los medios la narrativa política —tanto desde la izquierda como desde la derecha, obvio— de que esta ha sido la elección más exitosa desde la entrada en vigencia del voto voluntario. Mire adonde mire, el titular o la bajada estará en todas partes, prensa internacional incluida.

La trampa de aquella afirmación, por supuesto, radica en su última parte, puesto que desde la catástrofe cívica que significó el paso del voto obligatorio al voluntario en 2012, la concurrencia a las urnas ha sido sostenidamente baja; miserablemente baja (si antes votaban en una elección presidencial nueve de cada diez, luego pasaron a hacerlo apenas uno de cada dos). Por lo tanto, el supuesto gran hito que sería que esta elección haya superado por menos de un 2% a la anterior elección más concurrida “desde el traspaso al sistema de voto voluntario” no significa absolutamente nada.

Nuevamente, tratándose de un plebiscito en que se juega una cuestión tan fundamental como la derogación del actual ordenamiento político y el régimen de derechos fundamentales, uno hubiese esperado una participación mayor. Considérese, por ejemplo, que  para el irregular plebiscito en que se aprobó la Constitución actualmente vigente y que se pretende reemplazar, votaron supuestamente más de 6 millones de chilenos, y que nueve años después, en el plebiscito en que se votó la salida de Pinochet, lo hicieron más de 7 millones, lo que en términos de participación electoral equivale al 97,53%.

Ahora bien, es cierto que los contextos políticos son distintos, y difícilmente podrían además alcanzarse esas cifras o las de cualquier presidencial posterior y pre 2012 –cuando se promediaba una participación del orden del 85%-90%–, atendido el hecho de que en todos esos casos la votación era precisamente obligatoria. Sin embargo, insisto, este plebiscito no mueve la aguja más allá del penoso promedio de uno de cada dos chilenos desde que se pasó al nuevo de régimen de votación.

En términos matemáticos la proposición es correcta: se trata de la elección con mayor participación electoral desde el voto voluntario. Pero como bien sabe cualquier abogado, el arte del engaño consiste justamente en emplear aseveraciones matemáticamente correctas para introducir en la mente del público percepciones erróneas e incluso derechamente falsas.  No lo olvide: esta “exitosa” elección no contó con un 80% de participación, un 70 ni un 60. En la “elección más importante desde el retorno a la democracia”, votaron apenas 7 millones de personas de un universo de casi quince. Y pretenden vendérnoslo como un triunfo de la democracia.

Inédito.

Todo lo demás son florituras retóricas: nuevos intentos de parte del poder político para seguir engatusando a su incauta población, así como de analistas electorales y periodistas cuya agenda ideológica resulta ser más importante que la verdad.

Ocho: el Presidente de la República violó flagrantemente la ley electoral el mismo día del plebiscito

Que Piñera es un individuo tendiente a los “errores no forzados” –para ser sutil– no es novedad. Sin embargo, sorprende que entre sus características salidas de libreto y comportamientos fuera de lo protocolar –e incluso legal–, una tan manifiesta y grave en la misma jornada del plebiscito pase sin pena ni gloria y a fin de cuentas termine “dando lo mismo”.

Bien sabemos que la ley electoral prohíbe realizar propaganda el mismo día de las elecciones e incluso antes. Es la razón por la cual no pueden llevarse mascarillas o vestimentas promoviendo alguna de las opciones a un local de votación, y la razón por la que dos días antes los políticos empiezan a hablar en clave: “vota correctamente” o “no importa tu elección, pero levántate y ve a votar”.

Sin embargo, también sabemos que esto es la República de Chile y nuestro presidente Su Excelencia Sebastián Piñera. Por lo tanto, tras sufragar en su local de votación en Las Condes, el jefe de Estado no tuvo reparo alguno en afirmar frente a las cámaras con total desparpajo: “La inmensa mayoría queremos cambiar, modificar nuestra Constitución (…). Siempre dije que nuestro Gobierno no era neutral, tenía dos compromisos fuertes y claros. Primero que este Plebiscito sea uno que honre nuestra tradición democrática y nos sintamos todos orgullosos de ejercer la democracia. Y segundo compromiso, contribuir para que Chile tenga una buena Constitución”.

Los símbolos son relevantes, y que en el contexto de la debacle institucional por el que atraviesa Chile, el Presidente de la República se permita realizar una transgresión de este tipo con tanta liviandad, nos recuerda que el irrespeto por la Constitución y las leyes vigentes es manifiesto, transversal y que no reviste consecuencias. A estas alturas, creo que no sería exagerado afirmar que, por lo visto, ya no importa nada.

Aunque si de símbolos se trata, tal vez sí podría haber uno más elocuente que la realización de propaganda electoral por parte del propio Presidente el mismo día del plebiscito: me refiero al absurdo de que una persona haya ido a votar disfrazada como dinosaurio y que el hecho se haya viralizado entre risas y muestras de apoyo en ese templo de sabiduría llamado redes sociales.

Desde ya, lamentamos no haber advertido en los locales electorales la presencia de otros personajes proselitistas como “Pareman”, “la tía Pikachu”, “el estúpido y sensual Spiderman” y Rafael Cavada con su disfraz de ensangrentado, que definitivamente hubiera sido un hit en vísperas de Halloween.

Nueve: la violencia en las calles de Chile y los saqueos continuaron durante el mismo proceso electoral (e incluso tras el cierre de este)

Bien decía que la violencia en las calles de Chile se había mantenido hasta los días previos a la jornada electoral. Pero lo cierto es que durante la misma tarde de ayer, precisamente al tiempo que miles de chilenos todavía iban a votar, la Plaza Baquedano y sus inmediaciones sufrían una vez más de aquella lumpenización tan típica que la sociedad chilena ya parece haber normalizado, con el encendido de barricadas, lanzamiento de fuegos artificiales y arrojamiento de objetos contundentes e incendiarios contra la policía, todo lo cual obligó incluso a cerrar el Metro.

Los eventos también obligaron a Carabineros a izar bandera blanca en plena jornada electoral y, de plano, “entregar” el área, en lo que representa un vergonzoso espectáculo que viene a confirmar, una vez más, y al margen de la posición política que uno pudiese sostener, que en estos momentos la paz social, el orden público en Chile —y por qué no decirlo, el Estado de Derecho— no son más que quimeras.

Conviene aquí recalcar las elocuentes declaraciones del director nacional de la Dirección de Orden y Seguridad, general Ricardo Yáñez, quien junto con negar lo innegable a través de eufemismos (“no entregamos Plaza Italia, sino que nos vemos en la necesidad de replegar nuestros recursos”), defendió su decisión argumentado que obraron de tal forma “porque ponerse a pelear con dos mil personas puede generar un daño mayor, como personas lesionadas, que es lo que queremos evitar”. En pocas palabras, las fuerzas de establecimiento del orden público deliberadamente abdican de su mandato constitucional, incluso en el día de una elección, toda vez que no quieren arriesgarse a dañar a quienes perpetran delitos a vista y paciencia de todos y a los que están obligados a reprimir.

Continuando con la lectura de las declaraciones del oficial, el general Yáñez se limita simplemente a “lamentar” lo ocurrido.

Insólito.

Si hace algunos años alguien hubiera dicho que el mismo día en que se iba a desarrollar una elección en Chile, cientos de “manifestantes” estarían impunemente arrojando piedras y armando barricadas, en una jornada en que incluso las Fuerzas Armadas asumen por mandato legal el control del orden público, indudablemente uno pensaría que esa persona está fumando opio. Pero bien sabemos que este es el Chile post 18 de octubre: los árboles impiden a muchos ver el bosque, y no parece haber una correcta percepción acerca de la gravedad del actual orden de cosas. Una vez más, pareciera que ya no importa nada.

Como fuese, será una postal para la historia: el día en que se llevaba a cabo el plebiscito que pone en marcha el proceso de derogación de la Constitución de 1980, a la misma hora en que miles de ciudadanos votaban, la violencia persistía impunemente en las calles de Chile.

En lo que concierne a las horas posteriores al cierre del proceso electoral, no estará demás recordar que se registraron varios saqueos a minimarkets y farmacias, ataques a comisarías, barricadas y hasta disparos, en lo que parece constituir la verdadera “nueva normalidad”.

Para la foto. O para decirlo de otra manera, un plebiscito a la chilena.

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