“Los ‘nativos digitales’ son los primeros niños con un coeficiente intelectual más bajo que sus padres”

Si esta orgía digital, como usted la define, no se detiene, ¿qué podemos esperar?

Un aumento de las desigualdades sociales y una progresiva división de nuestra sociedad entre una minoría de niños preservada de esta “orgía digital” -los llamados Alphas de la novela de Huxley-, que poseerán a través de la cultura y el lenguaje todas los herramientas necesarias para pensar y reflexionar sobre el mundo, y una mayoría de niños con herramientas cognitivas y culturales limitadas -los llamados Gammas de la novela de Huxley-, incapaces de comprender el mundo y de actuar como ciudadanos ilustrados.

[Los] Alpha asistirá[n] a costosas escuelas privadas con maestros humanos “verdaderos”.

Los Gamma irán a escuelas públicas virtuales con apoyo humano limitado, donde se les alimentará con un pseudolenguaje parecido al “Newspeak” de Orwell (…)

Un mundo triste en el que, como decía el sociólogo Neil Postman, se divertirán hasta la muerte. Un mundo en el que, a través del acceso constante y debilitante al entretenimiento, aprenderán a amar su servidumbre.

Michel Desmurget

El bestseller de no ficción del momento, al menos en tierras galas. La tesis central: las tecnologías digitales nos han hecho más estúpidos.

Indudablemente la aseveración no es nueva. Sin ir más lejos, el autor norteamericano Nicholas Carr (cuyo blog recomiendo encarecidamente seguir) publicó su célebre “The Shallows” en 2010. Sin embargo, lo que el citado neurocientífico francés plantea parece ir un paso más allá, al recoger literatura científica y estudios médicos que le permiten respaldar una afirmación no sólo un poco más precisa, sino mediáticamente más rimbombante: por primera vez en la historia una generación de humanos tiene un CI más bajo que el de sus antecesores.

En días en que se ironiza sobre el #NoLoVimosVenir, y en que se reflexiona tardíamente (gracias al que parece ser el documental del momento) sobre las consecuencias que las redes sociales han producido en nuestras dañadas mentes individuales y colectivas, no está demás reconocer lo que a muchos nos parecía una verdad observable o cuanto menos intuible desde hace rato, y hacer finalmente algo al respecto.

Después de todo, ¿hay alguna mente lúcida a estas alturas que pueda negar cómo el factor tecnológico —con todos sus efectos psicológicos y sociológicos sobre la población chilena, especialmente sobre los “millennials” y “centennials”— incidió en nuestro infame “18-O”?

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