A dos semanas del plebiscito: crónicas de un gran fracaso

Que no se malinterprete: el gran fracaso al que aludo tiene poco que ver con el resultado en sí mismo de la elección.

Tampoco hablo del evidente fracaso en términos de convocatoria electoral que, dadas las anormalidades del momento, el plebiscito concitó, por mucho que, de nuevo, políticos, analistas y periodistas de todo el espectro político se esmeren en seguir forzando cierta narrativa y edulcorando la verdad al mejor estilo goebbelsiano, a partir de la mera repetición de titulares de dudosa veracidad.

A lo que apunto, en realidad, dice relación con el resultado del plebiscito en términos estrictamente de realpolitik, es decir quiénes acaban ganando, perdiendo, y algunas eventuales consecuencias que podrían comenzar a vislumbrarse en nuestro triste país más temprano que tarde.

Dos semanas con la cabeza fría parece ser un tiempo más que razonable para hacer algunos diagnósticos y predicciones.

El gran fracaso de Piñera

Es cierto que Sebastián Piñera es un individuo cuyos recovecos mentales deben resultar indescifrables hasta para su propio psiquiatra. Sin ir más lejos, no estaría exagerando ni mintiendo al señalar que ni siquiera sus propios amigos o compañeros de coalición saben con exactitud qué es lo que realmente ocurre dentro de su cabeza.

A veces me lo imagino compartiendo por la noche sus más secretas y perversas aspiraciones políticas con Cecilia Morel, cual escena salida de House of Cards, pero en el mundo de Piñera incluso una postal como esa no puede darse por sentada.

A la hora de extrapolar estas formas psicológicas a un comportamiento político constante, el resultado parece bastante simple, obvio y advertible por cualquiera: se trata de una figura cuyas sinuosas acciones obedecen más a consideraciones de índole estrictamente personal antes que ideológicas. Así, por más que le pese a sus enemigos políticos más confundidos, Piñera difícilmente puede ser considerado un gobernante de derechas (especialmente ilustrativa y hasta hilarante resulta ser al respecto esta anécdota electoral-familiar). En términos bastante básicos pero ilustrativos, Piñera no es tanto “derechista” como piñerista, de la misma forma que Donald Trump, otrora militante demócrata y hoy presidente republicano, es simplemente un trumpista.

Sentado este simplón preludio psicológico-político, ¿cómo juzgar la honestidad con que Piñera llegó a hacer campaña por la opción “apruebo” hasta el mismo día del plebiscito?

Y es que más de alguno ha llegado a pensar hasta el final que todo era una suerte de jugada de ajedrez en 3D por parte del Presidente, una movida que comenzó a fraguarse en noviembre del 2019 y cuyas implicancias finales los simples mortales no alcanzamos a comprender.

Algunas razones que se han esbozado para justificar un a priori tan incomprensible apoyo electoral dicen relación con una especie de narcicismo histórico. Así, valiéndose de la máxima empresarial de que toda crisis es una oportunidad, Piñera simplemente habría visto en ese gran imprevisto que fueron las revueltas de octubre la posibilidad de pasar a la historia como un verdadero presidente republicano, el gran estadista que impulsó la derogación de la “Constitución de Pinochet”.

Dadas sus constantes alusiones a Aylwin, y la porfía a la hora de insistir en la retórica de los “grandes acuerdos” y “la nueva transición” incluso hasta hace poco, no es descabellado pensar que en esta teoría algo de verdad podría haber. Con todo, no hay duda alguna de que esas eventuales pretensiones son tan vanas como cualquier intento de dirigir hoy la agenda política, pues si de algo hay certeza actualmente es que a Piñera no lo quieren ni en la izquierda ni en la derecha, y tratándose del juicio de la historia, este gobierno indudablemente trascenderá como el peor de este ciclo de 30 años junto con el segundo de Bachelet.

También están aquellas elucubraciones —a mi entender para nada descabelladas si se observan otros casos recientes— que apuntan a una eventual presión internacional o al ofrecimiento de ciertas regalías. Y es que tampoco es un misterio para nadie que la Organización de Naciones Unidas mantiene un elevado grado de interés, por decir lo menos, en la dictación de una nueva Constitución para Chile. Después de todo, ampliamente conocido es su intervencionismo en esta tercermundista región del mundo, sin contar que las sutilezas tampoco son lo suyo a la hora de plantear las pautas de lo que como nación —supuestamente soberana— debiésemos hacer, o a la hora de hacer un descarado proselitismo político cuando solo de denunciar eventuales violaciones a los derechos humanos supuestamente se trataba. Cuando Chile ha sido históricamente una plataforma de experimentos económico-políticos, esta época no será la excepción.

Volviendo a Piñera y sus peculiares razones para identificarse con la opción “apruebo”, incluso podría decirse que su movida fue una simple salida política que le permitió salvar el pellejo —también salvárselo al Congreso y a la entera institucionalidad chilena— y que le concedió, contra todo pronóstico, una prórroga de su mandato en la jornada más difícil desde el retorno a la democracia. Después de todo, podemos constatar que todavía ocupa el sillón presidencial en La Moneda y, a menos que algo ocurra en los próximos meses (plausible), aún le queda un año de gobierno  (“gobierno”, por supuesto, en términos estrictamente nominales, pues bien sabemos que hoy tanto la figura presidencial como la Constitución supuestamente vigente son de papel).

Concediendo que la frase “le ha tocado difícil” sería cuanto menos un understatement, y al margen de lo que sea que se haya pasado por su cabeza durante todo este proceso, lo cierto es que a la hora de realizar un juicio político anclado a la mundana tierra de los hechos, lo ocurrido el 25 de octubre reciente fue una vergonzosa derrota política para Piñera que solo viene a cimentar lo que ya es indudablemente observado por todos como el patético deambular de un ente salido de película de apocalipsis zombi, o para utilizar una metáfora náutica (que parecen estar bastante de moda por estos días), un miserable y triste naufragio.

No nos perdamos: por más que haya promovido la opción “apruebo”, haya empleado la misma estrategia camaleónica con la que acabó identificándose una parte importante de la derecha chilena (para estos efectos vamos a entender derecha en un sentido eminentemente político, mas no ideológico) y aunque, curiosamente, nadie haya perdido y todos hubiesen terminado destapando la champaña, Piñera, simplemente fue derrotado. Su gobierno fue prematuramente terminado en octubre del 2019, su carta de navegación revocada y, para colmo, acabó sacrificando y arrojando al mar la Constitución de la derecha, en lo que representa un cambio político jamás pedido por nadie ni mucho menos consignado en el programa de gobierno por el que la mayoría de los electores votó en 2017.

En otras palabras, a Piñera simplemente le cambiaron la música, que hoy orquesta la que probablemente sea la peor oposición desde el retorno a la democracia, y respirador artificial mediante hace lo que puede para seguirle el ritmo con unos pasos tanto más torpes que aquellos tiesos y tristemente recordados con que bailaba “Thriller” de Michael Jackson.

El gran fracaso de la derecha

La tesis de Longueira se siguió en la derecha de forma populosa. Dado el contexto social y político, hacer campaña por el “rechazo” y ganar parecía una empresa imposible. Solución: vamos todos por el “apruebo”.

Sin embargo, aplicando la misma lógica antes descrita, no cabe sino concluir que la derecha completa sufrió una derrota estrepitosa, pues cae finalmente el texto constitucional que, si bien es cierto otorgó el marco de relativa estabilidad política, jurídica y económica que le permitió al país vivir su época dorada, también resultaba ser la encarnación de ese ya lejano ideario político-económico-social que la UDI y RN contribuyeron a impulsar. Después de todo era su Constitución.

Ahora bien, no deja de ser cierto que tanto para quienes votaron “rechazo” como para aquellos que hicieron campaña por la opción “apruebo” con calculadora en mano y algún grado de culpabilidad/disonancia cognitiva, nada está sacramentado aún y la elección de los constituyentes será la madre de todas las batallas. Con todo, esa será una empresa especialmente ardua cuando la misma derecha contribuyó a cimentar su propia derrota concediendo una victoria tan aplastante y, lo que es peor, al ayudar una vez más a correr el eje sociopolítico más a la izquierda de lo que ya estaba en Chile —que era bastante—.

Tampoco es menos cierto que, sin otra grave conmoción política mediante, y nominalmente al menos, la Constitución de 1980 seguirá vigente hasta que la Asamblea Constituyente ofrezca un proyecto alternativo que finalmente sea ratificado por la nación en el llamado plebiscito de salida, cuestión que puede suceder o no. Por lo tanto sería prematuro adjudicar derrotas tratándose apenas del plebiscito de entrada.

Sin embargo, ¿cabría realmente cualquier forma de optimismo cuando la diferencia de votos ha resultado ser en el capítulo preliminar tan grande? Y si bien es cierto que mucho puede pasar en estos dos años, y de alguna manera “la gente” podría incluso llegar mágica y súbitamente a entender el monumental dedo en la boca que todo esto proceso significa para finalmente rechazar, no podemos olvidar que esta, como prácticamente la mayoría de las batallas políticas, no se juega en el aspecto técnico, sino discursivo o cultural. Por lo tanto, de nada servirá sacar más de un tercio, llevar a los mejores constitucionalistas de Chile y diseñar la mejor Carta Fundamental de la historia mientras el seductor discurso de la izquierda radical siga lavando cerebros, la ideología de la deconstrucción siga permeando en la sociedad, y la funesta derecha chilena no logre convencer a los electores que, de alguna forma, son sus propuestas las que encarnan la “dignidad” requerida, sea lo que sea que ello signifique. Una cuestión obvia, pero que hasta el día de hoy la perdidísima gente de UDI, RN y Evópoli, supuestos defensores chilenos de las ideas de la libertad, aún no entienden.

El gran triunfo de la izquierda radical

Es cierto que la concurrencia a las urnas estuvo lejos de ser un éxito y que, en un país con 19 millones de habitantes, los que impulsaron el proceso de cambio de Constitución no llegaron a ser 6 millones, cuestión que, insisto, es fundamental no olvidar ni perder de vista. Sin embargo, no se puede tapar el sol con un dedo: la diferencia de votos fue abismal y mayor a la esperada hasta por el más pesimista (u optimista, según la vereda desde la cual se quiera observar).

Es así como, envalentonados por una aplastante diferencia de votos que patuda e injustificadamente se atribuyen, y pretendiéndose portadores iluminados —como históricamente han hecho— de una voluntad popular que no representan, políticos y movimientos de izquierda comenzarán a presionar con todo, intentando dotar de legitimidad soberana a las propuestas políticas que más pronto que tarde comenzarán a aparecer.

Algunas de esas propuestas, que por cierto no pasan de ser nuevas y socavadas intentonas golpistas de esas que tanto gustan a los demócratas de la izquierda radical, emergieron incluso no bien concluido el plebiscito. Así, sin necesidad siquiera de esperar la conformación de la Asamblea Constituyente, más de uno, incapaz de reprimir sus más íntimos anhelos  y con los colmillos ya salivando, ha propuesto desde la terminación prematura de cargos mandatados por la Constitución, las leyes y la soberanía popular —“elecciones anticipadas” dicen— hasta el reemplazo del Congreso por la Asamblea Constituyente.

Todas, por supuesto, barrabasadas que no enfrentarán consecuencia jurídica o política alguna en el Chile de hoy y que resultarían, desde luego, inaceptables en cualquier país mínimamente serio. Pero bien sabemos que en esta extraña dimensión, donde todo da lo mismo y la esquizofrenia colectiva post insurrección es norma, nuestro triste país está lejos de ser uno serio y, por el contrario, retrocede cada vez con mayor velocidad al estadio en que se encuentran muchos de nuestros vecinos.

En cualquier caso los frentes que se abrirán son múltiples. La izquierda radical no perdona la derrota política del ‘73 y vendrá por todo. Así, además de las obvias y sucesivas quemadas de ahorros que seguirán fraguándose de manera inconstitucional en el Congreso, con el objeto desde un principio manifiesto de destruir el sistema de pensiones, uno ya puede prever qué tipo de propuestas políticas vendrán, varias de las cuales, de hecho, ya están sonando fuertemente: cambio de régimen político, pérdida de autonomía —aun parcial— del Banco Central, eliminación o neutralización del Tribunal Constitucional, imposición de mandos políticos dentro de la Fuerzas Armadas, concesión de cualquier materia fundamental a quórums simples, entre otras. Todo siempre, por supuesto, debida y astutamente justificado para embolinarle la perdiz no solo al chileno promedio, sino al cobarde o de plano cándido político de derecha.

De verificarse este panorama en la práctica —y es probable que así sea— uno se cuestiona genuinamente: ¿tendrá sentido caer en la candidez y comenzar a analizar seriamente, de buena fe, jurídica, política y económicamente y letra por letra cadauna de estas propuestas? Cuando la imagen macro que se dibuja a la hora de unir los puntos se vuelve tan obvia, personalmente, creo que cuanto menos vale la pena hacerse la pregunta.

A estas alturas de lo único que no cabe duda es que, a partir de la semana del 18 de octubre de 2019, asistimos a una verdadera película de terror o al menos suspenso, una cuya auténtica trama es de corte eminentemente político y en la cual la capa narrativa más superficial y finalmente engañosa es la cuestión social. Esta última, por supuesto, existe, pero no nos mintamos: somos meros muñecos y no le importamos a nadie, aunque hayan convencido a millones de incautos de lo contrario.

¿Y el pueulo?

Tanto el político/populista de izquierdas como el de derechas han querido endilgar el triunfo no solo a sus respectivos sectores, sino también —cada uno por razones estratégicas diferentes— al “pueblo chileno”. Ganamos, nos dicen, todas, todos y todes.

Lo curioso es que los primeros ya han empezado a utilizar estos distorsionados porcentajes para apalancar sus propias propuestas radicales. Así, en algún extraño universo paralelo, el hecho de que la señora Juanita y su nieto millennial hayan votado “apruebo” significa, por ejemplo, que quieren cambiar el régimen presidencial por uno parlamentario, más políticos y menos libertades.

Pero lo cierto es que para muchos la toma de partido por el “apruebo” no fue más que un perdido y confundido “voto de castigo” a través del cual quisieron decirle a la casta política que el país necesita grandes cambios (por supuesto, bien sabemos que ese estaba lejos de ser un voto de castigo y, por el contrario, no hace sino darle a los políticos chipe libre para seguir emporcando la labor pública), asemejándose más a una especie de clamor emocional que a un voto informado y jurídica y políticamente meditado, y que se puede resumir magistralmente en una frase acuñada por el constitucionalista Arturo Fernandois: “un proceso de intensidad psico-jurídica-política de una generación que busca un país mejor”.

Dicho lo anterior, resulta evidente que el gran perdedor en este plebiscito ha resultado ser justamente la gente de a pie. Y es que sus votos no solo se vislumbran como difícilmente convertibles en políticas públicas decentes en el corto, mediano o largo plazo, sino como un manipulado apoyo a un sector que, careciendo de todo capital político, se sabe suficientemente empoderado gracias a su labor profesional de ingeniería social como para seguir metiendo todos los dedos en la boca que haga falta y alcanzar las cotas de poder que les sea necesario.

Más temprano que tarde las consecuencias de esta derrota para el propio pueblo de Chile se van a advertir.

Epílogo: la reconfiguración del mapa político chileno

Más allá de triunfos y derrotas, y al margen de los cuestionables números de la reciente elección, la abismal diferencia de votos, como ya he señalado, claramente indica una tendencia social e inaugura el que probablemente sea el nuevo mapa político chileno.

La argentinización de nuestro país ya se advierte al menos en el plano político: así como el eje en el país trasandino está severamente corrido a la izquierda, Chile asistirá a la radicalización cada vez mayor de un fenómeno ya inaugurado, de hecho, durante la segunda administración de Bachelet gracias a sus políticas públicas desastrosas.

En tal contexto, y considerando las severas incompatibilidades que se observan dentro de la actual oposición, no será aventurado señalar que, en virtud del plebiscito, el mapa del poder en Chile observa al fin una nueva dicotomía política. Un curioso y acortado eje que aglutinará a su izquierda al anacrónico e increíblemente subsistente Partido Comunista, al Frente Amplio y a los individuos más radicales de la Nueva Mayoría, y que a la “derecha” concentrará a la ex Concertación junto con la derecha light representada por camaleones como Lavín y Bellolio. Un trecho sumamente corto que simplemente transita desde la destrucción de las bases institucionales como propuesta política (unos partidarios de la “retroexcavadora” para los que la metafórica maquinaria se les hará poco y que querrán reemplazar por una aplanadora) hasta la sugerencia de corrección sustancial del modelo por cuenta de una suerte de socialdemócratas.

Huelga decir que en este panorama la verdadera derecha, electoralmente, ya no existe. Al menos por ahora y mientras no irrumpa algún súbito e inesperado fenómeno cultural antes que político, tipo Vox en España. Así las cosas, por ejemplo, José Antonio Kast hoy no es más que una anécdota, la pequeña figura de porcelana que entre sollozos abrazan quienes dicen preferir morir con las botas puestas o por lo menos querer dormir con la conciencia tranquila.

Después de todo, no olvidemos, concurrimos a un lavado de cerebros masivo y a un eje político distorsionado en donde a la derecha sin apellidos, al mero conservadurismo, se le adjudica la intelectualmente deshonesta y politológicamente errónea etiqueta de “ultraderecha”, y en el que a buena parte de la oposición radical se le llama “centroizquierda” y ya nos parece normal.

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