El día después: conclusiones preliminares sobre la elección de constituyentes

Lo sucedido la noche de ayer fue una debacle para la derecha apabullante e inesperada. Como decía Tomás Mosciatti, es la mayor derrota desde la elección presidencial del 4 de septiembre de 1970, que le dio la primera magistratura a Allende.

Fueron pocos (entre ellos una de las escasas políticas hábiles de la derecha, Evelyn Matthei, que previendo la que se venía se bajó a tiempo), fueron pocos, digo, los capaces de predecir semejante ridículo electoral. Lo cierto es que rasgaban y rogaban por conseguir el tercio en la asamblea constituyente incluso hasta bien entrados en la segunda jornada electoral, pero claramente se quedaron cortos y por mucho más de lo que hasta el más agudo analista hubiera esperado (algunos columnistas, los más sensatos y experimentados, simplemente prefirieron no arriesgarse con pronósticos y esperar).

Agreguemos al panorama el hecho de que varias alcaldías importantes no solo fueron perdidas, sino que entregadas ni más ni menos que al Frente Amplio y el Partido Comunista, ambos de evidente e incuestionable raigambre marxista. Para más remate, otras comunas insignes regentadas por la izquierda radical –como Recoleta y Valparaíso- que se esperaba pudiesen ser arrebatadas, no solo mantuvieron en el poder a sus caudillos, sino que con un apoyo amplísimo.

La resaca aún está demasiado fresca como para hacer análisis electorales pormenorizados, profundos y serios (del irreflexivo e hiperactivo terreno de los actores políticos no hablemos, que solo tienen unos días más para definir sus movidas presidenciales). Sin embargo, advierto algunos fenómenos que muchos parecen pasar por alto en medio de estas afiebradas impresiones preliminares, supongo que por la propensión tan típicamente chilena a perderse entre tanto árbol y no ver el bosque.

La cantinela de los independientes y el panorama que viene

Una de las consignas más repetidas es que los grandes ganadores de esta elección fueron, sorpresivamente, los independientes.

Qué duda cabe: basta mirar los números para advertir que los independientes, contra todo pronóstico, obtuvieron más votos y escaños que los “políticos de siempre” que se esperaba que triunfaran.

Esta observación un tanto banal se está viendo acompañada, a su vez, de algunas elucubraciones accesorias y muy repetidas, a saber, que aquello es una muestra de la desafección que los ciudadanos sienten respecto de los partidos y políticos tradicionales; que el clivaje izquierda-derecha se está quedando anticuado y que esta conformación electoral dispersa sería el reflejo de una sociedad chilena nueva y diversa; que -producto de lo anterior- la lógica binominal de los grandes conglomerados antagónicos habrá de ceder en favor de una suerte de verdadera y nueva política -la del arte del debate, las negociaciones, el convencimiento y los acuerdos-; y que no todo está perdido para la derecha, pues podría conseguir su anhelado tercio para “bloquear” si logra convencer a unos cuantos de esa gran masa mayoritaria de independientes, que vendrían a ser una suerte de pozo de apoyos neutrales al cual todas las fuerzas políticas podrían echar mano.

Todo esto, por cierto, va envuelto en un cariz de optimismo y romanticismo, incluso de parte de votantes de derecha apesumbrados y renegados que ven en la asunción de una limpia y contundente derrota electoral una suerte de ejercicio de nobleza.

De todas las elucubraciones anteriores, hay una que reivindico totalmente y otra que, sin embargo, me parece demasiado absurda como para ser siquiera sugerida.

Partiendo por la primera, si hay una interpretación con la que malamente podría estar alguien en desacuerdo es que los resultados de esta elección representan un gigantesco voto de castigo en contra de los partidos y políticos tradicionales, dado que los ciudadanos parecen haber sucumbido a la idea un tanto marketera de que los “ciudadanos comunes y corrientes” representan una mejor alternativa que los “políticos de siempre”.

Lo que demasiados votantes parecieron obviar -y más de algún analista también parece obviar en los actuales análisis- es que muchos de estos “ciudadanos comunes y corrientes” son, en el mejor de los casos, “independientes”, no neutros; y en el peor de los casos son meros operadores políticos disfrazados, no “ciudadanos comunes y corrientes”.

La distinción entre independencia y neutralidad puede parecer un tanto trivial, pero atendida la sorprendente confusión que tantos siguen demostrando, es algo que se debe recordar y recalcar desde ya: ser independiente –haber sido elegido por fuera de los partidos- no significa ser políticamente aséptico, como si acaso fuese posible competir en una lucha por el poder y promover cambios estructurales sin tener ideas políticas igualmente radicales. Y en este caso se da la “coincidencia” de que, claramente, esta gran masa de “independientes” es proclive a ideas políticas de raigambre marxista.

Dicho en pocas palabras, estos “independientes”, que se muestran como simples ciudadanos honestos y virtuosos, cercanos al pueblo y cuyo único norte sería ayudar a la señora Juanita, en la realidad se autodefinirán en el mejor de los casos como progresistas, y en el peor, de plano, como marxistas (muchas veces de seguro andarán algo perdidos en su propia definición, presa de la ignorancia en política, economía y derecho; aguarde por el circo que nos depara). Sin ir más lejos, estoy convencido que si alguien decidiese realizar un estudio y armar una suerte de nube de tags (o hashtags) que aglutine a esta gran masa de constituyentes, con sus slogans, propuestas y declaraciones (por cierto que sería un interesante experimento), lo que emergería es indudablemente una lista encabezada por conceptos como dignidad, pueblo, Estado, derechos sociales, justicia social, estallido social, plurinacional, feminista, animalista, derechos reproductivos, pueblos originarios, pensiones, migración, derechos de aguas, AFPs y modelo neoliberal.

¿Ya dije dignidad?

Lo anterior nos lleva a la segunda elucubración previamente señalada y que quisiera comentar, y que he llegado a calificar de absurda, cual es que no todo estaría perdido para la derecha pues podrían sacar de aquel gran pozo llamado “independientes” agua para su molino.

Sorpresa: esos independientes, cuyos rostros, aros, tatuajes y ropas basta mirar para comprender la clase de ideas y visión de mundo que representan, no son y no serán ni remotamente proclives a las ideas de derecha, o acaso a cuestiones tan básicas que apenas merecerían reparo en cualquier país civilizado, como el crecimiento económico, el derecho de propiedad o la eficiencia del Estado.

A riesgo de ser majadero, lo reiteraré en pocas palabras: estos “independientes” no son un pozo de libre disposición al que se pueda echar mano; no son un grupo de constituyentes a los que la derecha podría simplemente convencer para conseguir un hipotético tercio. Son gente cuyo domicilio ideológico está junto con las demás listas de izquierda, sobre todo comunistas y frenteamplistas. Son los que votarán por cambiar el régimen de aguas, impondrán royalties salvajes y no tendrán empacho alguno en afectar el derecho de propiedad, afectación que en el abstracto mundo de las ideas no suena tan mal para el votante promedio que simplemente se levanta cada mañana a trabajar y quiere “dignidad”, pero que en los hechos demostrará haber tomado la peor decisión que podría haber tomado.

No me cabe duda tampoco de que, aunque sea políticamente incorrecto decirlo, muchos de los votantes sencillamente no saben por lo que votaron y nada más fueron seducidos por los disfraces de animador de cumpleaños y la retórica fácil, convirtiéndose en presa del marketing político y la negligencia de la que es probablemente la peor clase política de la historia chilena. Otra forma de decirlo en términos sencillos es que la gente votó por constituyentes independientes para castigar a los partidos políticos -tanto de izquierda como de derecha-, no porque comulguen con las ideas progresistas y marxistas que –sin saberlo- los primeros representan.

Esto, por supuesto, al Frente Amplio y al Partido Comunista les da igual. Ellos harán lo que tienen que hacer y ostentarán merecidamente su triunfo electoral, arrogándose –y este es probablemente el efecto más importante de toda esta elección- la representatividad de un porcentaje importante de la sociedad chilena. Bien sabemos que votó apenas el 40% del padrón, lo que arroja serias dudas sobre esta pseudo-radiografía sociopolítica, pero bueno, son las reglas del juego y la izquierda naturalmente jugará sus cartas.

A la hora de publicar esta columna las reacciones de la derecha siguen siendo prácticamente inexistentes. Reina un silencio mortuorio y transversal: desde el propio Presidente –cuyas declaraciones han sido escasas y escuetas- y sus ministros hasta sus otrora compañeros de gobierno –líderes de partido, diputados, senadores, candidatos, etc.-. La actual reunión de comité político de día lunes debe ser la más larga de este gobierno.

Contrario a la confusión conceptual tan difundida y que he mencionado anteriormente, la derecha política, instinto de supervivencia mediante, debe ver todo aquello como una obviedad, es por esto que, a pesar de haber sido el pacto político con mayor votación en la elección de constituyentes, están con pánico. Sí, institucionalmente hablando siguen siendo el pacto más votado, pero a la hora de medir fuerzas y sumar, no son 37 constituyentes sobreponiéndose a los 28 de “Apruebo Dignidad” y a los 25 “Lista del Apruebo”. Son 37 versus 28 + 25 + 48 (los ya mencionados “independientes”).

Y ojo, que esa suma tampoco considera los 17 escaños privilegiados de las comunidades indígenas, que en su mayoría de derecha tampoco son.

Seguramente nunca rogaron más que la izquierda se canibalice entre ellos.