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La crisis institucional que la Constituyente agrava y que los medios callan

Medios de comunicación y falsas narrativas

Mientras la aguda crisis política por la que atraviesa el país no solo sigue su curso, sino que, de hecho, se agrava, los medios de comunicación, tanto nacionales como internacionales, se hacen eco de francas anécdotas para controlar una narrativa que simplemente no tiene sustento en la realidad.

© CNN

Este comportamiento patético y deleznable no es nuevo. Algunos lo llaman “control de daños”, otros dicen que se trata simplemente de activismo político de periodistas con ganas de figurar, otros de agendas globales. Sea como sea, mientras el país entero es testigo directo de la franca decadencia y espíritu golpista -la gravedad de esta afirmación la demostraré en breve- de los que la Asamblea Constituyente ha hecho gala desde el día cero -e incluso desde antes-, rostros como José Antonio Neme, Iván Núñez, Mónica Rincón y Daniel Matamala, meras marionetas del globalismo con sesgo progresista, intentaban venderle a la “señora Juanita” ya desde el domingo pasado la pomada del republicanismo, la solemnidad y la dignidad del Nuevo Chile que la Asamblea nos trae.

Nada nuevo, insisto, visto cómo los medios de televisión chilenos manejaron el show televisivo del plebiscito y posteriormente de la elección de constituyentes, donde el ruego para ir a votar ya era proselitismo descarado.

Por su parte, la prensa internacional y organismos como la ONU hacen lo propio en materia de propaganda, al obviar lo sustantivo y posicionar ciertos titulares, como que la flamante “Convención” Constituyente al fin inicia sus labores de forma regular en Chile tras un supuestamente masivo plebiscito, o como el también supuesto hito de que la presidente de la misma “es mujer y mapuche”.

Mientras, hasta los medios tradicionalmente considerados “de derecha” en Chile, como El Mercurio y el cada vez más progresista La Tercera, siguen manteniendo una retórica tibia y hasta silente que raya en la complicidad -varios medios pertenecientes a dichos grupos llegaron a calificar el discurso de Elisa Loncón como “emocionante”-, evidenciando un candor comunicacional similar al que el propio Gobierno y otros representantes del Estado -Poder Legislativo e incluso Judicial- manifiestan ante los graves intentos de quiebre institucional que la Asamblea Constituyente ha evidenciado, día tras día, en su corto período de vida.

(En todo caso ya veíamos ese candor generalizado de políticos y medios cuando el señor Jadue manifestaba abierta e impunemente su vocación totalitaria, al confesar frente a las cámaras sus intenciones de, primero, manejar la línea editorial de los medios de comunicación privados y, después, prohibir a ciudadanos criticar libremente al comunismo en Twitter.)

Desde el domingo, muchos chilenos se están comenzando a dar cuenta del craso error que cometieron al votar “apruebo” y del grave peligro que significa haberle entregado un poder tan importante como el constituyente a un grupo que, en buena medida, no pasa de ser una manada de cabros chicos tatuados, fumetas, chillones y sin la debida preparación jugando a ser rebeldes y con muchas, demasiadas ansias de poder. Esto, insisto, por mucho que los medios de comunicación y los propios políticos traten de manejar la narrativa y bajarle el perfil a una situación que es grave, de forma similar a lo que ya ocurre, por ejemplo, con el caso de la inmigración, donde el país entero -tanto de izquierdas como de derechas- se manifiesta mayoritariamente en contra, a pesar de los vanos esfuerzos de los ya mentados políticos y periodistas por convencernos de que es todo miel sobre hojuelas.

En pocas palabras, la disociación entre el relato político-mediático y los hechos es demasiado grande como para funcionar.

“Miente, miente, miente que algo quedará, cuanto más grande sea una mentira más gente la creerá”, reza el aforismo apócrifo atribuido a Goebbels, pero el problema -para los políticos y los medios de comunicación, por cierto- es que resulta difícil mentir a la cara de un ciudadano común cuando, por ejemplo, un dominicano balea en pleno paradero del Transantiago a un colombiano, o cuando otro colombiano es detenido por haber asesinado en una semana a ocho personas al hilo, o incluso cuando doce comuneros mapuches vinculados al narcotráfico, al tráfico de armas y atentados terroristas se encuentran en prisión preventiva por no solo haber secuestrado y matado, sino también torturado a otros comuneros mapuches igualmente vinculados a tan peculiares oficios.

No vaya a escandalizarse por el suceso, que lo tachan de racista. (© PDI Chile)

De forma similar a lo que ocurre con el problema migratorio, estos intentos de hegemonía comunicacional en materia de la Constituyente resultan vanos frente a una ciudadanía que si bien no es particularmente culta o inteligente, al menos pareciera sospechar cuando las cosas no andan bien, y los políticos y la prensa le dicen una cosa pero sus propios ojos observan otra.

Las verdades sobre la situación política actual y la Constituyente que los medios callan

Precisamente porque en estos tiempos turbulentos es más difícil que nunca ver el bosque por culpa de los árboles (las PsyOps están a la orden del día gracias a las redes sociales, la adicción a internet y la atención dispersa y superficial de las masas), me parece relevante realizar una breve y sencilla síntesis cronológica de cuan democrática, institucional y estable es la situación política actual en virtud de la reciente entrada en funcionamiento de la Asamblea Constituyente:

  1. Antes de llegar a la ceremonia de investidura del domingo 4 de julio, recordemos que el contexto político venía marcado no solo por los recurrentes llamados de los propios constituyentes de izquierda a desconocer las reglas y conseguir la impunidad de los formalizados por delitos graves durante la insurrección de octubre, sino también por la exigencia de aumentar el presupuesto porque según ellos el dinero no era suficiente.
  2. Llega el domingo 4 de julio, y cuando se tendría que llevar a cabo la supuestamente solemne y republicana investidura de los constituyentes elegidos para trabajar en la que sería la nueva Constitución de Chile, la propia entonación del himno de Chile es empañada por gritos, chillidos y chiflidos; poderoso y temprano símbolo que ya adelantaba lo que se venía. De la solemnidad de la presentación personal ni hablar: piercings, tatuajes a la vista, pies descalzos y disfraces de todo tipo marcan la tónica de la ceremonia.
  3. A poco andar la sesión debe suspenderse debido a que grupos de antisociales concurren a las inmediaciones del Congreso en Santiago para lanzar piedras, atacar a Carabineros e incluso a los propios constituyentes de la Lista del Pueblo. Mientras todo Chile es testigo del espectáculo, individuos como el señor Stingo se aventuran con explicaciones totalmente desconectadas de la realidad y lo que las mismas cámaras muestran en ese momento.
  4. Con más de dos horas de retraso, y ya pasado el mediodía, la ceremonia se reanuda. Se hacen recurrentes a lo largo de la misma los chiflidos, las pifias, los gritos y los aplausos, en la medida que los distintos nombres de los convencionales son mencionados a viva voz por la secretaria relatora del TRICEL. En breve, un consejo de curso cualquiera.
  5. Ilustrativo es que la común y pedestre labor de la secretaria relatora del TRICEL, doña Carmen Gloria Valladares, consistente en nada más haberse ceñido al protocolo y a unos mínimos códigos de conducta cívica e incluso decencia social, sea aplaudida furiosamente en tres oportunidades por los presentes e incluso celebrada con posterioridad por comentaristas varios, como si se tratase de una hazaña extraordinaria. Otro signo inequívoco del despelote.
  6. Al fin, tras cinco votaciones, se coloca a la profesora de inglés Elisa Loncon y al abogado Jaime Bassa al frente de la Asamblea. Es así como adquieren el cargo de presidente y vicepresidente de la Asamblea, respectivamente, dos constituyentes que reniegan de la institucionalidad al rechazar, en general, el acuerdo del 15 de noviembre como límite al funcionamiento de la Asamblea, así como, en particular, “la regla de los 2/3” (Loncon fue una de las firmantes originales de la infame carta de los 34, mientras que Bassa apoyó posteriormente la moción). En pocas palabras, los dos constituyentes que están al mando de la asamblea creen en la tesis de los plenos poderes y en la supuesta facultad del órgano de saltarse cualquier norma preestablecida y por ende realizar cualquier función atribuida a otros poderes del Estado, en lo que representa una afrenta grave y manifiesta a principios básicos de la democracia y el Estado de Derecho, como el imperio de la ley y la separación de poderes. En breve, como corolario de todo el proceso post 18 de octubre, tenemos una verdadera anarquía institucionalizada.
  7. Como precisión dentro del punto anterior, cabe destacar que la elección de Loncon se realizó con una amplia y entusiasta mayoría de la izquierda, incluso con esa que se supone “moderada”, “dialogante”, “racional” o “republicana”, contando con los votos de gente como Agustín Squella, quien fuera una de las primigenias voces críticas respecto de la famosa carta de los 34.
  8. No llegamos aún al día 1 de sesión cuando los flamantes presidente y vicepresidente manifiestan ya en sus discursos inaugurales la intención de, literalmente, “refundar Chile“, así como de promulgar una Constitución de carácter “plurinacional” que reconozca no solo a pueblos indígenas, sino también a “todas las naciones que conforman este país”. Vale decir: ese supuesto y anhelado Nuevo Estado de Chile se construirá concediendo especial consideración a las colonias haitianas, venezolanas y colombianas. Dejo a su imaginación pensar en las consecuencias políticas, sociales y de seguridad tanto interior como exterior de semejante barrabasada.
  9. Se infiere ya desde temprano, en los gestos y en las palabras, que el cargo, a Elisa Loncón, le queda grande. En los hechos se observa que -y así lo confirman sus constantes “me dicen que”, “me comentan que”, “me indican que”- el abogado Jaime Bassa será el presidente en las sombras y Loncón su vocera.
  10. En consonancia con la manifiesta vocación autoritaria de los electos directivos de la Constituyentes, ambos llaman desde el principio a interferir en la labor del Poder Legislativo y Judicial -desde luego excediendo con creces el mandato soberano que la nación supuestamente delegó-, anunciando que su primera labor, lejos del trabajo propiamente constituyente, será conseguir la amnistía o perdonazo de los delincuentes de la insurrección así como de los terroristas en la macrozona sur. “Razones de paz social”, suelen arguir desde la izquierda.
  11. Broche de oro para el cierre de una sesión ya carnavalesca: un grupo de militantes de la ideología de género concurre a la testera a hace entrega de una “propuesta de reglamento feminista”.
  12. Acaba la jornada de la solemne investidura de los constituyentes. El saldo de esta fiesta de la democracia es estaciones de Metro cerradas, 20 detenidos y 30 Carabineros heridos.
  13. Lunes 5 de julio. Día 1 y el circo continúa. Aduciendo la inexistencia de materiales como justificación, los constituyentes de izquierda boicotean la entrada en marcha del órgano y deciden no trabajar. Además, nuevamente contraviniendo todo límite legal, los miembros de la Constituyente, esta vez interfiriendo en la labor Ejecutiva, salen a exigir con total propiedad renuncias ministeriales.
  14. Durante la misma jornada ya comienza a manifestarse el matonaje y la violencia política, con grupos de presión callejeros agrediendo a Constituyentes que no comparten su ideología.
  15. Flash-forward al miércoles 7 de julio. Mañana del día 3 y el abogado Jaime Bassa, cuyo rol como presidente en las sombras ya resulta incuestionable, anuncia la suspensión de todas las licitaciones del Gobierno para la instalación de la Asamblea. En sus propias palabras: “Con la presidenta ayer nos tomamos la libertad de ordenar la suspensión de todo proceso de licitación nuevo”.
La Constituyente se perfila desde ya como deliberante y desafiante frente a las reglas del juego democrático (© EFE/Elvis González)

Como ve, ya hay declaraciones y conductas concretas de sobra que no solo representan una clara vulneración a las leyes vigentes y a principios constitucionales como el de legalidad y probidad, sino que incluso serían suficientes para armar, apenas transcurridos tres días, un requerimiento ante la Corte Suprema (recordemos el mecanismo que establece la posibilidad de que cinco ministros diriman los conflictos planteados por un cuarto de los constituyentes, aunque a estas alturas, cuando ya toda la institucionalidad es de cartón, ni siquiera tenemos la certeza de que aquello funcione).

Bonus track –un tanto anecdótico, pero no por ello menos elocuente-: los constituyentes, imitando el estilo trabajólico de nuestro Congreso, deciden que las sesiones partan recién a las 10 de la mañana. Le invito a leer las justificaciones sociológicas de los adherentes a la Lista del Pueblo en Twitter, un verdadero deleite para los sentidos.

Y mientras periodistas de todos lados insisten en la mentira, la verdad es que así no más está el bosque. Un espectáculo lamentable que sería gracioso, si no fuera porque el futuro se avizora dramático.

No lo vimos venir

Créditos a ‘Smoothie’.

Cada vez más cerca…

Renato Garín confirma el lobby de la ONU en la Constituyente

El otrora diputado del Frente Amplio y actual constituyente electo, Renato Garín, confirma en una entrevista con Tomás Mosciatti, casi de refilo y de forma prácticamente inadvertida, lo que muchos sospechamos desde un primer momento: el especial interés de la ONU en la redacción de una una nueva Carta Fundamental para Chile.

Vea entre los minutos 3:36 y 6:00:

Ver en Bio-Bio: https://www.biobiochile.cl/biobiotv/programas/la-entrevista-de-tomas-mosciatti/2021/06/08/el-vacio-juridico-en-el-camino-a-la-nueva-constitucion.shtml

A continuación una transcripción de este decidor fragmento:

RG: Entonces la pregunta es qué hacemos entre este punto -el momento cero que yo le llamo- hasta que el reglamento está listo. ¿Con qué reglas funcionamos? Y ese es el descampado en el que estamos.

TM: O sea estamos en la selva en estos momentos.

RG: Algo parecido a la selva, aunque como hay poca agua, tenemos poca vegetación, más un desierto. Esto los griegos lo llamaban el momento kenomático, un momento de vacío jurídico, y se está llenando fácticamente. Por un lado el gobierno, que tiene en su mano el decreto presedencial que llame a la Convención, y por otro lado los grupos de interés, especialmente los más organizados y con más recursos que quieren colocar el borrador del reglamento.

TM: Renato, el reglamento. Esto es muy importante, porque establece las reglas cómo va a funcionar, qué tipo de comisiones va a haber, qué tipo de votaciones, cómo va a terminar una discusión… (tiene que haber un momento en que esto se termina: “ya, votemos”). ¿Es verdad que hay proyectos de reglamento que ya están circulando, que hay personas, instituciones, que ya quieren estar influeyendo en eso?

RG: Comento el trabajo que ha hecho Guillermo Namor, excelente constituyente, abogado de la Escuela de Derecho de la Universidad de Chile, por Vallenar. Él contó diecisiete reglamentos circulando hoy día.

TM: ¿Cuántos?

RG: Diecisiete, que van del PNUD, que es [la] más conspicua institución que está participando del proceso, hasta los think-tanks de cada partido. diecisiete. Esto, Tomás, es como que tuviésemos diecisiete anteproyectos de Códigos Civiles, o diecisiete anteproyectos de Código Procesal Penal, esto es un absurdo. Pero el absurdo ocurre porque hay una confusión en la élite, creo yo muy de Santiago, muy de los medios de comunicación hegemónicos, que creen que el reglamento es una pieza que llega hecha. El mandato legal, Tomás, que discutimos en el Congreso, que yo lo discutí hasta la saciedad, es que la Convención debe deliberar un reglamento, que es sutilmente distinto a adoptar un reglamento ya hecho. Y ahí está el juego de los grupos de interés.

TM: Ya, pero hay diecisiete reglamentos. ¡Están contactando ya a los constituyentes!. O sea ya hay un lobby funcionando.

RG: Claro, es un lobby informal, podríamos llamarlo, una gestión de intereses como se llama en la teoría más globalmente, donde por ejemplo yo creo que el PNUD es un paradigma interesante, porque el PNUD tiene este trabajo muy adelantado. Yo no estoy en contra de que se adelante intelectualmente el proceso, sino que el mandato constitucional y legal es muy claro respecto a que se debe deliberar el reglamento en la Convención. Entonces esta gestión de instalar de facto en la mesa un borrador de reglamento le pasa por arriba al proceso, creo yo, por ende es antidemocrático.

© 2021 Naciones Unidas

Más claro, imposible.

El día después: conclusiones preliminares sobre la elección de constituyentes

Lo sucedido la noche de ayer fue una debacle para la derecha apabullante e inesperada. Como decía Tomás Mosciatti, es la mayor derrota desde la elección presidencial del 4 de septiembre de 1970, que le dio la primera magistratura a Allende.

Fueron pocos (entre ellos una de las escasas políticas hábiles de la derecha, Evelyn Matthei, que previendo la que se venía se bajó a tiempo), fueron pocos, digo, los capaces de predecir semejante ridículo electoral. Lo cierto es que rasgaban y rogaban por conseguir el tercio en la asamblea constituyente incluso hasta bien entrados en la segunda jornada electoral, pero claramente se quedaron cortos y por mucho más de lo que hasta el más agudo analista hubiera esperado (algunos columnistas, los más sensatos y experimentados, simplemente prefirieron no arriesgarse con pronósticos y esperar).

Agreguemos al panorama el hecho de que varias alcaldías importantes no solo fueron perdidas, sino que entregadas ni más ni menos que al Frente Amplio y el Partido Comunista, ambos de evidente e incuestionable raigambre marxista. Para más remate, otras comunas insignes regentadas por la izquierda radical –como Recoleta y Valparaíso- que se esperaba pudiesen ser arrebatadas, no solo mantuvieron en el poder a sus caudillos, sino que con un apoyo amplísimo.

La resaca aún está demasiado fresca como para hacer análisis electorales pormenorizados, profundos y serios (del irreflexivo e hiperactivo terreno de los actores políticos no hablemos, que solo tienen unos días más para definir sus movidas presidenciales). Sin embargo, advierto algunos fenómenos que muchos parecen pasar por alto en medio de estas afiebradas impresiones preliminares, supongo que por la propensión tan típicamente chilena a perderse entre tanto árbol y no ver el bosque.

La cantinela de los independientes y el panorama que viene

Una de las consignas más repetidas es que los grandes ganadores de esta elección fueron, sorpresivamente, los independientes.

Qué duda cabe: basta mirar los números para advertir que los independientes, contra todo pronóstico, obtuvieron más votos y escaños que los “políticos de siempre” que se esperaba que triunfaran.

Esta observación un tanto banal se está viendo acompañada, a su vez, de algunas elucubraciones accesorias y muy repetidas, a saber, que aquello es una muestra de la desafección que los ciudadanos sienten respecto de los partidos y políticos tradicionales; que el clivaje izquierda-derecha se está quedando anticuado y que esta conformación electoral dispersa sería el reflejo de una sociedad chilena nueva y diversa; que -producto de lo anterior- la lógica binominal de los grandes conglomerados antagónicos habrá de ceder en favor de una suerte de verdadera y nueva política -la del arte del debate, las negociaciones, el convencimiento y los acuerdos-; y que no todo está perdido para la derecha, pues podría conseguir su anhelado tercio para “bloquear” si logra convencer a unos cuantos de esa gran masa mayoritaria de independientes, que vendrían a ser una suerte de pozo de apoyos neutrales al cual todas las fuerzas políticas podrían echar mano.

Todo esto, por cierto, va envuelto en un cariz de optimismo y romanticismo, incluso de parte de votantes de derecha apesumbrados y renegados que ven en la asunción de una limpia y contundente derrota electoral una suerte de ejercicio de nobleza.

De todas las elucubraciones anteriores, hay una que reivindico totalmente y otra que, sin embargo, me parece demasiado absurda como para ser siquiera sugerida.

Partiendo por la primera, si hay una interpretación con la que malamente podría estar alguien en desacuerdo es que los resultados de esta elección representan un gigantesco voto de castigo en contra de los partidos y políticos tradicionales, dado que los ciudadanos parecen haber sucumbido a la idea un tanto marketera de que los “ciudadanos comunes y corrientes” representan una mejor alternativa que los “políticos de siempre”.

Lo que demasiados votantes parecieron obviar -y más de algún analista también parece obviar en los actuales análisis- es que muchos de estos “ciudadanos comunes y corrientes” son, en el mejor de los casos, “independientes”, no neutros; y en el peor de los casos son meros operadores políticos disfrazados, no “ciudadanos comunes y corrientes”.

La distinción entre independencia y neutralidad puede parecer un tanto trivial, pero atendida la sorprendente confusión que tantos siguen demostrando, es algo que se debe recordar y recalcar desde ya: ser independiente –haber sido elegido por fuera de los partidos- no significa ser políticamente aséptico, como si acaso fuese posible competir en una lucha por el poder y promover cambios estructurales sin tener ideas políticas igualmente radicales. Y en este caso se da la “coincidencia” de que, claramente, esta gran masa de “independientes” es proclive a ideas políticas de raigambre marxista.

Dicho en pocas palabras, estos “independientes”, que se muestran como simples ciudadanos honestos y virtuosos, cercanos al pueblo y cuyo único norte sería ayudar a la señora Juanita, en la realidad se autodefinirán en el mejor de los casos como progresistas, y en el peor, de plano, como marxistas (muchas veces de seguro andarán algo perdidos en su propia definición, presa de la ignorancia en política, economía y derecho; aguarde por el circo que nos depara). Sin ir más lejos, estoy convencido que si alguien decidiese realizar un estudio y armar una suerte de nube de tags (o hashtags) que aglutine a esta gran masa de constituyentes, con sus slogans, propuestas y declaraciones (por cierto que sería un interesante experimento), lo que emergería es indudablemente una lista encabezada por conceptos como dignidad, pueblo, Estado, derechos sociales, justicia social, estallido social, plurinacional, feminista, animalista, derechos reproductivos, pueblos originarios, pensiones, migración, derechos de aguas, AFPs y modelo neoliberal.

¿Ya dije dignidad?

Lo anterior nos lleva a la segunda elucubración previamente señalada y que quisiera comentar, y que he llegado a calificar de absurda, cual es que no todo estaría perdido para la derecha pues podrían sacar de aquel gran pozo llamado “independientes” agua para su molino.

Sorpresa: esos independientes, cuyos rostros, aros, tatuajes y ropas basta mirar para comprender la clase de ideas y visión de mundo que representan, no son y no serán ni remotamente proclives a las ideas de derecha, o acaso a cuestiones tan básicas que apenas merecerían reparo en cualquier país civilizado, como el crecimiento económico, el derecho de propiedad o la eficiencia del Estado.

A riesgo de ser majadero, lo reiteraré en pocas palabras: estos “independientes” no son un pozo de libre disposición al que se pueda echar mano; no son un grupo de constituyentes a los que la derecha podría simplemente convencer para conseguir un hipotético tercio. Son gente cuyo domicilio ideológico está junto con las demás listas de izquierda, sobre todo comunistas y frenteamplistas. Son los que votarán por cambiar el régimen de aguas, impondrán royalties salvajes y no tendrán empacho alguno en afectar el derecho de propiedad, afectación que en el abstracto mundo de las ideas no suena tan mal para el votante promedio que simplemente se levanta cada mañana a trabajar y quiere “dignidad”, pero que en los hechos demostrará haber tomado la peor decisión que podría haber tomado.

No me cabe duda tampoco de que, aunque sea políticamente incorrecto decirlo, muchos de los votantes sencillamente no saben por lo que votaron y nada más fueron seducidos por los disfraces de animador de cumpleaños y la retórica fácil, convirtiéndose en presa del marketing político y la negligencia de la que es probablemente la peor clase política de la historia chilena. Otra forma de decirlo en términos sencillos es que la gente votó por constituyentes independientes para castigar a los partidos políticos -tanto de izquierda como de derecha-, no porque comulguen con las ideas progresistas y marxistas que –sin saberlo- los primeros representan.

Esto, por supuesto, al Frente Amplio y al Partido Comunista les da igual. Ellos harán lo que tienen que hacer y ostentarán merecidamente su triunfo electoral, arrogándose –y este es probablemente el efecto más importante de toda esta elección- la representatividad de un porcentaje importante de la sociedad chilena. Bien sabemos que votó apenas el 40% del padrón, lo que arroja serias dudas sobre esta pseudo-radiografía sociopolítica, pero bueno, son las reglas del juego y la izquierda naturalmente jugará sus cartas.

A la hora de publicar esta columna las reacciones de la derecha siguen siendo prácticamente inexistentes. Reina un silencio mortuorio y transversal: desde el propio Presidente –cuyas declaraciones han sido escasas y escuetas- y sus ministros hasta sus otrora compañeros de gobierno –líderes de partido, diputados, senadores, candidatos, etc.-. La actual reunión de comité político de día lunes debe ser la más larga de este gobierno.

Contrario a la confusión conceptual tan difundida y que he mencionado anteriormente, la derecha política, instinto de supervivencia mediante, debe ver todo aquello como una obviedad, es por esto que, a pesar de haber sido el pacto político con mayor votación en la elección de constituyentes, están con pánico. Sí, institucionalmente hablando siguen siendo el pacto más votado, pero a la hora de medir fuerzas y sumar, no son 37 constituyentes sobreponiéndose a los 28 de “Apruebo Dignidad” y a los 25 “Lista del Apruebo”. Son 37 versus 28 + 25 + 48 (los ya mencionados “independientes”).

Y ojo, que esa suma tampoco considera los 17 escaños privilegiados de las comunidades indígenas, que en su mayoría de derecha tampoco son.

Seguramente nunca rogaron más que la izquierda se canibalice entre ellos.

Algunas predicciones breves sobre las elecciones de este fin de semana

Siendo aún mediodía de la primera jornada de elecciones, pronostico que:

  • La concurrencia electoral este fin de semana será inferior a la del plebiscito de entrada. Este último era un hito histórico-cultural, una verdadera trampa de marketing, una marca comercial de la cual sentirse un orgulloso usuario: “APRUEBO”. Sin embargo, esta elección, al margen de su capital importancia, simplemente no concita la misma mística. Vaticino que, en términos de votos escrutados, será otra elección más en el Chile del voto voluntario y la anomia juvenil. Incluso: cabe la posibilidad cierta de que concurra mucho menos gente que la esperada, con la consiguiente falta de legitimidad que se esbozará como argumento de aquí para adelante.
  • A pesar de las afiebradas preocupaciones del Gobierno y de “su” sector, sobre todo después de la debacle del tercer retiro y el TC, la “derecha” conseguirá su tercio en la Asamblea Constituyente. Más aún, me aventuraría a decir que en el clivaje izquierda-pseudoderecha no habrá claros ganadores.
  • Las desaveniencias respecto al funcionamiento de la Asamblea Constituyente surgirán desde el día 1. No, considerando que el día 1 sería la fecha de entrada en vigencia de la Asamblea, incluso diría que incluso desde antes. Aquí no hablo siquiera de los desacuerdos políticos que evidentemente habrá en grandes materias como la propiedad privada, sino hasta de minucias tales como cómo decorar el salón y qué marca de té servir. Será una bolsa de gatos peor que el actual Congreso.
  • La nueva institucionalidad que se crea con los “gobernadores regionales”, extraño sistema híbrido en que el país mantiene un orden político-administrativo regional y centralizado suavizado con tímidos tintes de federalismo, demostrará ser en los años venideros (e incluso, dada la crisis institucional y política actual, posiblemente en los meses venideros) un remedio jurídico peor que la enfermedad, recordándonos una vez más que la improvisación chilensis es una pésima consejera.

P.S. Es muy probable que solo al final de la jornada de mañana, cuando comiencen a aparecer los primeros cómputos, y aparezca de manifiesto que no es tan fácil como contar apresuradamente quién sacó más votos para dirimir quién ganó, solo entonces la gente de a pie comenzará a entender lo que realmente significaba la tan cacareada y celebrada (pero no por ello menos injusta e inconstitucional) “paridad”, con candidatos a constituyentes compitiendo con dos sets de reglas del juego distintas según si usan calzones o calzoncillos. No se sorprenda si una legión de señoras Juanitas (o, para ser más contemporáneos, digamos las legiones tuiteras) descubren horrorizadas, al unísono, que su candidato -que sacó holgadamente más votos que el resto- no será electo porque la ley así lo dice y porque Dios también es hombre.

P.S. 2: Es muy probable también que solo a partir de los días venideros esas señoras Juanitas y legiones tuiteras comenzarán recién a entender qué es lo que en verdad aprobaron. Cuando resulte evidente que la famosa asamblea constituyente estará compuesta mayoritariamente por los mismos políticos chantas de siempre, el cortocircuito popular llegará a ser casi cómico (si no fuera porque en verdad será todo más bien trágico, ya que es de esperar que la insurgencia de ultraizquierda reactive su agenda con el pretexto de que o las elecciones estuvieron viciadas o la conformación de la asamblea no es representativa).

A dos semanas del plebiscito: crónicas de un gran fracaso

Que no se malinterprete: el gran fracaso al que aludo tiene poco que ver con el resultado en sí mismo de la elección.

Tampoco hablo del evidente fracaso en términos de convocatoria electoral que, dadas las anormalidades del momento, el plebiscito concitó, por mucho que, de nuevo, políticos, analistas y periodistas de todo el espectro político se esmeren en seguir forzando cierta narrativa y edulcorando la verdad al mejor estilo goebbelsiano, a partir de la mera repetición de titulares de dudosa veracidad.

A lo que apunto, en realidad, dice relación con el resultado del plebiscito en términos estrictamente de realpolitik, es decir quiénes acaban ganando, perdiendo, y algunas eventuales consecuencias que podrían comenzar a vislumbrarse en nuestro triste país más temprano que tarde.

Dos semanas con la cabeza fría parece ser un tiempo más que razonable para hacer algunos diagnósticos y predicciones.

El gran fracaso de Piñera

Es cierto que Sebastián Piñera es un individuo cuyos recovecos mentales deben resultar indescifrables hasta para su propio psiquiatra. Sin ir más lejos, no estaría exagerando ni mintiendo al señalar que ni siquiera sus propios amigos o compañeros de coalición saben con exactitud qué es lo que realmente ocurre dentro de su cabeza.

A veces me lo imagino compartiendo por la noche sus más secretas y perversas aspiraciones políticas con Cecilia Morel, cual escena salida de House of Cards, pero en el mundo de Piñera incluso una postal como esa no puede darse por sentada.

A la hora de extrapolar estas formas psicológicas a un comportamiento político constante, el resultado parece bastante simple, obvio y advertible por cualquiera: se trata de una figura cuyas sinuosas acciones obedecen más a consideraciones de índole estrictamente personal antes que ideológicas. Así, por más que le pese a sus enemigos políticos más confundidos, Piñera difícilmente puede ser considerado un gobernante de derechas (especialmente ilustrativa y hasta hilarante resulta ser al respecto esta anécdota electoral-familiar). En términos bastante básicos pero ilustrativos, Piñera no es tanto “derechista” como piñerista, de la misma forma que Donald Trump, otrora militante demócrata y hoy presidente republicano, es simplemente un trumpista.

Sentado este simplón preludio psicológico-político, ¿cómo juzgar la honestidad con que Piñera llegó a hacer campaña por la opción “apruebo” hasta el mismo día del plebiscito?

Y es que más de alguno ha llegado a pensar hasta el final que todo era una suerte de jugada de ajedrez en 3D por parte del Presidente, una movida que comenzó a fraguarse en noviembre del 2019 y cuyas implicancias finales los simples mortales no alcanzamos a comprender.

Algunas razones que se han esbozado para justificar un a priori tan incomprensible apoyo electoral dicen relación con una especie de narcicismo histórico. Así, valiéndose de la máxima empresarial de que toda crisis es una oportunidad, Piñera simplemente habría visto en ese gran imprevisto que fueron las revueltas de octubre la posibilidad de pasar a la historia como un verdadero presidente republicano, el gran estadista que impulsó la derogación de la “Constitución de Pinochet”.

Dadas sus constantes alusiones a Aylwin, y la porfía a la hora de insistir en la retórica de los “grandes acuerdos” y “la nueva transición” incluso hasta hace poco, no es descabellado pensar que en esta teoría algo de verdad podría haber. Con todo, no hay duda alguna de que esas eventuales pretensiones son tan vanas como cualquier intento de dirigir hoy la agenda política, pues si de algo hay certeza actualmente es que a Piñera no lo quieren ni en la izquierda ni en la derecha, y tratándose del juicio de la historia, este gobierno indudablemente trascenderá como el peor de este ciclo de 30 años junto con el segundo de Bachelet.

También están aquellas elucubraciones —a mi entender para nada descabelladas si se observan otros casos recientes— que apuntan a una eventual presión internacional o al ofrecimiento de ciertas regalías. Y es que tampoco es un misterio para nadie que la Organización de Naciones Unidas mantiene un elevado grado de interés, por decir lo menos, en la dictación de una nueva Constitución para Chile. Después de todo, ampliamente conocido es su intervencionismo en esta tercermundista región del mundo, sin contar que las sutilezas tampoco son lo suyo a la hora de plantear las pautas de lo que como nación —supuestamente soberana— debiésemos hacer, o a la hora de hacer un descarado proselitismo político cuando solo de denunciar eventuales violaciones a los derechos humanos supuestamente se trataba. Cuando Chile ha sido históricamente una plataforma de experimentos económico-políticos, esta época no será la excepción.

Volviendo a Piñera y sus peculiares razones para identificarse con la opción “apruebo”, incluso podría decirse que su movida fue una simple salida política que le permitió salvar el pellejo —también salvárselo al Congreso y a la entera institucionalidad chilena— y que le concedió, contra todo pronóstico, una prórroga de su mandato en la jornada más difícil desde el retorno a la democracia. Después de todo, podemos constatar que todavía ocupa el sillón presidencial en La Moneda y, a menos que algo ocurra en los próximos meses (plausible), aún le queda un año de gobierno  (“gobierno”, por supuesto, en términos estrictamente nominales, pues bien sabemos que hoy tanto la figura presidencial como la Constitución supuestamente vigente son de papel).

Concediendo que la frase “le ha tocado difícil” sería cuanto menos un understatement, y al margen de lo que sea que se haya pasado por su cabeza durante todo este proceso, lo cierto es que a la hora de realizar un juicio político anclado a la mundana tierra de los hechos, lo ocurrido el 25 de octubre reciente fue una vergonzosa derrota política para Piñera que solo viene a cimentar lo que ya es indudablemente observado por todos como el patético deambular de un ente salido de película de apocalipsis zombi, o para utilizar una metáfora náutica (que parecen estar bastante de moda por estos días), un miserable y triste naufragio.

No nos perdamos: por más que haya promovido la opción “apruebo”, haya empleado la misma estrategia camaleónica con la que acabó identificándose una parte importante de la derecha chilena (para estos efectos vamos a entender derecha en un sentido eminentemente político, mas no ideológico) y aunque, curiosamente, nadie haya perdido y todos hubiesen terminado destapando la champaña, Piñera, simplemente fue derrotado. Su gobierno fue prematuramente terminado en octubre del 2019, su carta de navegación revocada y, para colmo, acabó sacrificando y arrojando al mar la Constitución de la derecha, en lo que representa un cambio político jamás pedido por nadie ni mucho menos consignado en el programa de gobierno por el que la mayoría de los electores votó en 2017.

En otras palabras, a Piñera simplemente le cambiaron la música, que hoy orquesta la que probablemente sea la peor oposición desde el retorno a la democracia, y respirador artificial mediante hace lo que puede para seguirle el ritmo con unos pasos tanto más torpes que aquellos tiesos y tristemente recordados con que bailaba “Thriller” de Michael Jackson.

El gran fracaso de la derecha

La tesis de Longueira se siguió en la derecha de forma populosa. Dado el contexto social y político, hacer campaña por el “rechazo” y ganar parecía una empresa imposible. Solución: vamos todos por el “apruebo”.

Sin embargo, aplicando la misma lógica antes descrita, no cabe sino concluir que la derecha completa sufrió una derrota estrepitosa, pues cae finalmente el texto constitucional que, si bien es cierto otorgó el marco de relativa estabilidad política, jurídica y económica que le permitió al país vivir su época dorada, también resultaba ser la encarnación de ese ya lejano ideario político-económico-social que la UDI y RN contribuyeron a impulsar. Después de todo era su Constitución.

Ahora bien, no deja de ser cierto que tanto para quienes votaron “rechazo” como para aquellos que hicieron campaña por la opción “apruebo” con calculadora en mano y algún grado de culpabilidad/disonancia cognitiva, nada está sacramentado aún y la elección de los constituyentes será la madre de todas las batallas. Con todo, esa será una empresa especialmente ardua cuando la misma derecha contribuyó a cimentar su propia derrota concediendo una victoria tan aplastante y, lo que es peor, al ayudar una vez más a correr el eje sociopolítico más a la izquierda de lo que ya estaba en Chile —que era bastante—.

Tampoco es menos cierto que, sin otra grave conmoción política mediante, y nominalmente al menos, la Constitución de 1980 seguirá vigente hasta que la Asamblea Constituyente ofrezca un proyecto alternativo que finalmente sea ratificado por la nación en el llamado plebiscito de salida, cuestión que puede suceder o no. Por lo tanto sería prematuro adjudicar derrotas tratándose apenas del plebiscito de entrada.

Sin embargo, ¿cabría realmente cualquier forma de optimismo cuando la diferencia de votos ha resultado ser en el capítulo preliminar tan grande? Y si bien es cierto que mucho puede pasar en estos dos años, y de alguna manera “la gente” podría incluso llegar mágica y súbitamente a entender el monumental dedo en la boca que todo esto proceso significa para finalmente rechazar, no podemos olvidar que esta, como prácticamente la mayoría de las batallas políticas, no se juega en el aspecto técnico, sino discursivo o cultural. Por lo tanto, de nada servirá sacar más de un tercio, llevar a los mejores constitucionalistas de Chile y diseñar la mejor Carta Fundamental de la historia mientras el seductor discurso de la izquierda radical siga lavando cerebros, la ideología de la deconstrucción siga permeando en la sociedad, y la funesta derecha chilena no logre convencer a los electores que, de alguna forma, son sus propuestas las que encarnan la “dignidad” requerida, sea lo que sea que ello signifique. Una cuestión obvia, pero que hasta el día de hoy la perdidísima gente de UDI, RN y Evópoli, supuestos defensores chilenos de las ideas de la libertad, aún no entienden.

El gran triunfo de la izquierda radical

Es cierto que la concurrencia a las urnas estuvo lejos de ser un éxito y que, en un país con 19 millones de habitantes, los que impulsaron el proceso de cambio de Constitución no llegaron a ser 6 millones, cuestión que, insisto, es fundamental no olvidar ni perder de vista. Sin embargo, no se puede tapar el sol con un dedo: la diferencia de votos fue abismal y mayor a la esperada hasta por el más pesimista (u optimista, según la vereda desde la cual se quiera observar).

Es así como, envalentonados por una aplastante diferencia de votos que patuda e injustificadamente se atribuyen, y pretendiéndose portadores iluminados —como históricamente han hecho— de una voluntad popular que no representan, políticos y movimientos de izquierda comenzarán a presionar con todo, intentando dotar de legitimidad soberana a las propuestas políticas que más pronto que tarde comenzarán a aparecer.

Algunas de esas propuestas, que por cierto no pasan de ser nuevas y socavadas intentonas golpistas de esas que tanto gustan a los demócratas de la izquierda radical, emergieron incluso no bien concluido el plebiscito. Así, sin necesidad siquiera de esperar la conformación de la Asamblea Constituyente, más de uno, incapaz de reprimir sus más íntimos anhelos  y con los colmillos ya salivando, ha propuesto desde la terminación prematura de cargos mandatados por la Constitución, las leyes y la soberanía popular —“elecciones anticipadas” dicen— hasta el reemplazo del Congreso por la Asamblea Constituyente.

Todas, por supuesto, barrabasadas que no enfrentarán consecuencia jurídica o política alguna en el Chile de hoy y que resultarían, desde luego, inaceptables en cualquier país mínimamente serio. Pero bien sabemos que en esta extraña dimensión, donde todo da lo mismo y la esquizofrenia colectiva post insurrección es norma, nuestro triste país está lejos de ser uno serio y, por el contrario, retrocede cada vez con mayor velocidad al estadio en que se encuentran muchos de nuestros vecinos.

En cualquier caso los frentes que se abrirán son múltiples. La izquierda radical no perdona la derrota política del ‘73 y vendrá por todo. Así, además de las obvias y sucesivas quemadas de ahorros que seguirán fraguándose de manera inconstitucional en el Congreso, con el objeto desde un principio manifiesto de destruir el sistema de pensiones, uno ya puede prever qué tipo de propuestas políticas vendrán, varias de las cuales, de hecho, ya están sonando fuertemente: cambio de régimen político, pérdida de autonomía —aun parcial— del Banco Central, eliminación o neutralización del Tribunal Constitucional, imposición de mandos políticos dentro de la Fuerzas Armadas, concesión de cualquier materia fundamental a quórums simples, entre otras. Todo siempre, por supuesto, debida y astutamente justificado para embolinarle la perdiz no solo al chileno promedio, sino al cobarde o de plano cándido político de derecha.

De verificarse este panorama en la práctica —y es probable que así sea— uno se cuestiona genuinamente: ¿tendrá sentido caer en la candidez y comenzar a analizar seriamente, de buena fe, jurídica, política y económicamente y letra por letra cadauna de estas propuestas? Cuando la imagen macro que se dibuja a la hora de unir los puntos se vuelve tan obvia, personalmente, creo que cuanto menos vale la pena hacerse la pregunta.

A estas alturas de lo único que no cabe duda es que, a partir de la semana del 18 de octubre de 2019, asistimos a una verdadera película de terror o al menos suspenso, una cuya auténtica trama es de corte eminentemente político y en la cual la capa narrativa más superficial y finalmente engañosa es la cuestión social. Esta última, por supuesto, existe, pero no nos mintamos: somos meros muñecos y no le importamos a nadie, aunque hayan convencido a millones de incautos de lo contrario.

¿Y el pueulo?

Tanto el político/populista de izquierdas como el de derechas han querido endilgar el triunfo no solo a sus respectivos sectores, sino también —cada uno por razones estratégicas diferentes— al “pueblo chileno”. Ganamos, nos dicen, todas, todos y todes.

Lo curioso es que los primeros ya han empezado a utilizar estos distorsionados porcentajes para apalancar sus propias propuestas radicales. Así, en algún extraño universo paralelo, el hecho de que la señora Juanita y su nieto millennial hayan votado “apruebo” significa, por ejemplo, que quieren cambiar el régimen presidencial por uno parlamentario, más políticos y menos libertades.

Pero lo cierto es que para muchos la toma de partido por el “apruebo” no fue más que un perdido y confundido “voto de castigo” a través del cual quisieron decirle a la casta política que el país necesita grandes cambios (por supuesto, bien sabemos que ese estaba lejos de ser un voto de castigo y, por el contrario, no hace sino darle a los políticos chipe libre para seguir emporcando la labor pública), asemejándose más a una especie de clamor emocional que a un voto informado y jurídica y políticamente meditado, y que se puede resumir magistralmente en una frase acuñada por el constitucionalista Arturo Fernandois: “un proceso de intensidad psico-jurídica-política de una generación que busca un país mejor”.

Dicho lo anterior, resulta evidente que el gran perdedor en este plebiscito ha resultado ser justamente la gente de a pie. Y es que sus votos no solo se vislumbran como difícilmente convertibles en políticas públicas decentes en el corto, mediano o largo plazo, sino como un manipulado apoyo a un sector que, careciendo de todo capital político, se sabe suficientemente empoderado gracias a su labor profesional de ingeniería social como para seguir metiendo todos los dedos en la boca que haga falta y alcanzar las cotas de poder que les sea necesario.

Más temprano que tarde las consecuencias de esta derrota para el propio pueblo de Chile se van a advertir.

Epílogo: la reconfiguración del mapa político chileno

Más allá de triunfos y derrotas, y al margen de los cuestionables números de la reciente elección, la abismal diferencia de votos, como ya he señalado, claramente indica una tendencia social e inaugura el que probablemente sea el nuevo mapa político chileno.

La argentinización de nuestro país ya se advierte al menos en el plano político: así como el eje en el país trasandino está severamente corrido a la izquierda, Chile asistirá a la radicalización cada vez mayor de un fenómeno ya inaugurado, de hecho, durante la segunda administración de Bachelet gracias a sus políticas públicas desastrosas.

En tal contexto, y considerando las severas incompatibilidades que se observan dentro de la actual oposición, no será aventurado señalar que, en virtud del plebiscito, el mapa del poder en Chile observa al fin una nueva dicotomía política. Un curioso y acortado eje que aglutinará a su izquierda al anacrónico e increíblemente subsistente Partido Comunista, al Frente Amplio y a los individuos más radicales de la Nueva Mayoría, y que a la “derecha” concentrará a la ex Concertación junto con la derecha light representada por camaleones como Lavín y Bellolio. Un trecho sumamente corto que simplemente transita desde la destrucción de las bases institucionales como propuesta política (unos partidarios de la “retroexcavadora” para los que la metafórica maquinaria se les hará poco y que querrán reemplazar por una aplanadora) hasta la sugerencia de corrección sustancial del modelo por cuenta de una suerte de socialdemócratas.

Huelga decir que en este panorama la verdadera derecha, electoralmente, ya no existe. Al menos por ahora y mientras no irrumpa algún súbito e inesperado fenómeno cultural antes que político, tipo Vox en España. Así las cosas, por ejemplo, José Antonio Kast hoy no es más que una anécdota, la pequeña figura de porcelana que entre sollozos abrazan quienes dicen preferir morir con las botas puestas o por lo menos querer dormir con la conciencia tranquila.

Después de todo, no olvidemos, concurrimos a un lavado de cerebros masivo y a un eje político distorsionado en donde a la derecha sin apellidos, al mero conservadurismo, se le adjudica la intelectualmente deshonesta y politológicamente errónea etiqueta de “ultraderecha”, y en el que a buena parte de la oposición radical se le llama “centroizquierda” y ya nos parece normal.

“Los ‘nativos digitales’ son los primeros niños con un coeficiente intelectual más bajo que sus padres”

Si esta orgía digital, como usted la define, no se detiene, ¿qué podemos esperar?

Un aumento de las desigualdades sociales y una progresiva división de nuestra sociedad entre una minoría de niños preservada de esta “orgía digital” -los llamados Alphas de la novela de Huxley-, que poseerán a través de la cultura y el lenguaje todas los herramientas necesarias para pensar y reflexionar sobre el mundo, y una mayoría de niños con herramientas cognitivas y culturales limitadas -los llamados Gammas de la novela de Huxley-, incapaces de comprender el mundo y de actuar como ciudadanos ilustrados.

[Los] Alpha asistirá[n] a costosas escuelas privadas con maestros humanos “verdaderos”.

Los Gamma irán a escuelas públicas virtuales con apoyo humano limitado, donde se les alimentará con un pseudolenguaje parecido al “Newspeak” de Orwell (…)

Un mundo triste en el que, como decía el sociólogo Neil Postman, se divertirán hasta la muerte. Un mundo en el que, a través del acceso constante y debilitante al entretenimiento, aprenderán a amar su servidumbre.

Michel Desmurget

El bestseller de no ficción del momento, al menos en tierras galas. La tesis central: las tecnologías digitales nos han hecho más estúpidos.

Indudablemente la aseveración no es nueva. Sin ir más lejos, el autor norteamericano Nicholas Carr (cuyo blog recomiendo encarecidamente seguir) publicó su célebre “The Shallows” en 2010. Sin embargo, lo que el citado neurocientífico francés plantea parece ir un paso más allá, al recoger literatura científica y estudios médicos que le permiten respaldar una afirmación no sólo un poco más precisa, sino mediáticamente más rimbombante: por primera vez en la historia una generación de humanos tiene un CI más bajo que el de sus antecesores.

En días en que se ironiza sobre el #NoLoVimosVenir, y en que se reflexiona tardíamente (gracias al que parece ser el documental del momento) sobre las consecuencias que las redes sociales han producido en nuestras dañadas mentes individuales y colectivas, no está demás reconocer lo que a muchos nos parecía una verdad observable o cuanto menos intuible desde hace rato, y hacer finalmente algo al respecto.

Después de todo, ¿hay alguna mente lúcida a estas alturas que pueda negar cómo el factor tecnológico —con todos sus efectos psicológicos y sociológicos sobre la población chilena, especialmente sobre los “millennials” y “centennials”— incidió en nuestro infame “18-O”?

El papel de las artes

“El papel que juegan las artes es responder a los estados de ánimo y producir un aumento del optimismo o, como mínimo, una mengua de la negatividad; y haciendo eso te permiten seguir con tu vida y hacer otras cosas que quizá sean prácticas. Así que básicamente el papel de las artes es producir homeostasis, un retorno al equilibrio y a la posibilidad de supervivencia”.

Antonio Damasio: «Cuanto más educados estemos más tolerantes seremos respecto a la gente que no está en nuestro grupo»

En tiempos tan atribulados como los que nos azotan y seguirán azotando, son escasos los aspectos de la vida que nos van quedando que puedan servir como un verdadero subterfugio mental o espiritual: tal vez el amor, la meditación, el deporte e indudablemente el arte.

En tiempos tan atribulados como los que nos azotan, en que hasta el arte —sobre todo en Chile— ha sido rebajado al burdo estadio de instrumento propagandístico, se hace imperioso recordar que justamente el arte verdadero, aquel que tributa la virtud y la verdad, la belleza, lo atemporal y lo universal, nos puede salvar.

Un plebiscito y proceso constituyente a la chilena: parte II

El elocuente meme que los millennials del “18-O” distribuían con tanta gracia y simpatía durante la jornada electoral (autoría desconocida).

El día de ayer señalaba, cuando ya prácticamente se disponían a cerrar las mesas electorales, más de una razón por las cuales este proceso ha resultado ser un culto a la improvisación y a la ilegitimidad de principio a fin.

Con todo, comenzaron a surgir a partir de la misma tarde de ayer algunos nuevos antecedentes y eventos que permiten engrosar la lista y que resultan ser no menores. Hablo de algunos tan insólitos que debiesen inspirar vergüenza internacional y llevarnos a plantear si no será más honesto cambiar la estrella en nuestra bandera por una banana.

Siete: Chile tendrá una Asamblea Constituyente habiendo votado apenas la mitad del padrón electoral

El control de daños ya venía haciéndose de antemano. Así, incluso horas antes de que la elección concluyese, el presidente del Servicio Electoral afirmaba que se esperaba una alta concurrencia a la votación.

Transcurrieron las horas y junto con el resultado del plebiscito se conoció finalmente la cantidad de votantes que asistieron a las urnas: solo 7 millones y medio de chilenos, lo que no llega a ser siquiera el 51% del padrón electoral.

Ya preveíamos esta deficitaria concurrencia electoral el día de ayer. Bien podría haber sido propiciada tanto por el contexto pandémico como por razones más típicamente chilenas: falta de interés cívico, rechazo a la institucionalidad vigente o a nuestros políticos, ilegitimidad del plebiscito, flojera, etc. Como fuese, tratándose de, una vez más, “la elección más importante de nuestra historia”, la cifra resulta ser alarmantemente pequeña. Chile tendrá nada menos que una Asamblea Constituyente habiendo ido a votar apenas la mitad de los ciudadanos habilitados.

Con todo, estas cifras han bastado para que se desate el respectivo carnaval de políticos y periodistas subiéndose al carro alegórico de la “fiesta de la democracia”, decretando el éxito del proceso y pretendiendo envolver al mismo en un halo de legitimidad de la que simplemente carece. Ya decía que el control de daños venía haciéndose incluso desde tempranas horas del día de ayer, y curiosamente, a pesar del magro resultado en cuanto a participación ciudadana, se instala a la fuerza en los medios la narrativa política —tanto desde la izquierda como desde la derecha, obvio— de que esta ha sido la elección más exitosa desde la entrada en vigencia del voto voluntario. Mire adonde mire, el titular o la bajada estará en todas partes, prensa internacional incluida.

La trampa de aquella afirmación, por supuesto, radica en su última parte, puesto que desde la catástrofe cívica que significó el paso del voto obligatorio al voluntario en 2012, la concurrencia a las urnas ha sido sostenidamente baja; miserablemente baja (si antes votaban en una elección presidencial nueve de cada diez, luego pasaron a hacerlo apenas uno de cada dos). Por lo tanto, el supuesto gran hito que sería que esta elección haya superado por menos de un 2% a la anterior elección más concurrida “desde el traspaso al sistema de voto voluntario” no significa absolutamente nada.

Nuevamente, tratándose de un plebiscito en que se juega una cuestión tan fundamental como la derogación del actual ordenamiento político y el régimen de derechos fundamentales, uno hubiese esperado una participación mayor. Considérese, por ejemplo, que  para el irregular plebiscito en que se aprobó la Constitución actualmente vigente y que se pretende reemplazar, votaron supuestamente más de 6 millones de chilenos, y que nueve años después, en el plebiscito en que se votó la salida de Pinochet, lo hicieron más de 7 millones, lo que en términos de participación electoral equivale al 97,53%.

Ahora bien, es cierto que los contextos políticos son distintos, y difícilmente podrían además alcanzarse esas cifras o las de cualquier presidencial posterior y pre 2012 –cuando se promediaba una participación del orden del 85%-90%–, atendido el hecho de que en todos esos casos la votación era precisamente obligatoria. Sin embargo, insisto, este plebiscito no mueve la aguja más allá del penoso promedio de uno de cada dos chilenos desde que se pasó al nuevo de régimen de votación.

En términos matemáticos la proposición es correcta: se trata de la elección con mayor participación electoral desde el voto voluntario. Pero como bien sabe cualquier abogado, el arte del engaño consiste justamente en emplear aseveraciones matemáticamente correctas para introducir en la mente del público percepciones erróneas e incluso derechamente falsas.  No lo olvide: esta “exitosa” elección no contó con un 80% de participación, un 70 ni un 60. En la “elección más importante desde el retorno a la democracia”, votaron apenas 7 millones de personas de un universo de casi quince. Y pretenden vendérnoslo como un triunfo de la democracia.

Inédito.

Todo lo demás son florituras retóricas: nuevos intentos de parte del poder político para seguir engatusando a su incauta población, así como de analistas electorales y periodistas cuya agenda ideológica resulta ser más importante que la verdad.

Ocho: el Presidente de la República violó flagrantemente la ley electoral el mismo día del plebiscito

Que Piñera es un individuo tendiente a los “errores no forzados” –para ser sutil– no es novedad. Sin embargo, sorprende que entre sus características salidas de libreto y comportamientos fuera de lo protocolar –e incluso legal–, una tan manifiesta y grave en la misma jornada del plebiscito pase sin pena ni gloria y a fin de cuentas termine “dando lo mismo”.

Bien sabemos que la ley electoral prohíbe realizar propaganda el mismo día de las elecciones e incluso antes. Es la razón por la cual no pueden llevarse mascarillas o vestimentas promoviendo alguna de las opciones a un local de votación, y la razón por la que dos días antes los políticos empiezan a hablar en clave: “vota correctamente” o “no importa tu elección, pero levántate y ve a votar”.

Sin embargo, también sabemos que esto es la República de Chile y nuestro presidente Su Excelencia Sebastián Piñera. Por lo tanto, tras sufragar en su local de votación en Las Condes, el jefe de Estado no tuvo reparo alguno en afirmar frente a las cámaras con total desparpajo: “La inmensa mayoría queremos cambiar, modificar nuestra Constitución (…). Siempre dije que nuestro Gobierno no era neutral, tenía dos compromisos fuertes y claros. Primero que este Plebiscito sea uno que honre nuestra tradición democrática y nos sintamos todos orgullosos de ejercer la democracia. Y segundo compromiso, contribuir para que Chile tenga una buena Constitución”.

Los símbolos son relevantes, y que en el contexto de la debacle institucional por el que atraviesa Chile, el Presidente de la República se permita realizar una transgresión de este tipo con tanta liviandad, nos recuerda que el irrespeto por la Constitución y las leyes vigentes es manifiesto, transversal y que no reviste consecuencias. A estas alturas, creo que no sería exagerado afirmar que, por lo visto, ya no importa nada.

Aunque si de símbolos se trata, tal vez sí podría haber uno más elocuente que la realización de propaganda electoral por parte del propio Presidente el mismo día del plebiscito: me refiero al absurdo de que una persona haya ido a votar disfrazada como dinosaurio y que el hecho se haya viralizado entre risas y muestras de apoyo en ese templo de sabiduría llamado redes sociales.

Desde ya, lamentamos no haber advertido en los locales electorales la presencia de otros personajes proselitistas como “Pareman”, “la tía Pikachu”, “el estúpido y sensual Spiderman” y Rafael Cavada con su disfraz de ensangrentado, que definitivamente hubiera sido un hit en vísperas de Halloween.

Nueve: la violencia en las calles de Chile y los saqueos continuaron durante el mismo proceso electoral (e incluso tras el cierre de este)

Bien decía que la violencia en las calles de Chile se había mantenido hasta los días previos a la jornada electoral. Pero lo cierto es que durante la misma tarde de ayer, precisamente al tiempo que miles de chilenos todavía iban a votar, la Plaza Baquedano y sus inmediaciones sufrían una vez más de aquella lumpenización tan típica que la sociedad chilena ya parece haber normalizado, con el encendido de barricadas, lanzamiento de fuegos artificiales y arrojamiento de objetos contundentes e incendiarios contra la policía, todo lo cual obligó incluso a cerrar el Metro.

Los eventos también obligaron a Carabineros a izar bandera blanca en plena jornada electoral y, de plano, “entregar” el área, en lo que representa un vergonzoso espectáculo que viene a confirmar, una vez más, y al margen de la posición política que uno pudiese sostener, que en estos momentos la paz social, el orden público en Chile —y por qué no decirlo, el Estado de Derecho— no son más que quimeras.

Conviene aquí recalcar las elocuentes declaraciones del director nacional de la Dirección de Orden y Seguridad, general Ricardo Yáñez, quien junto con negar lo innegable a través de eufemismos (“no entregamos Plaza Italia, sino que nos vemos en la necesidad de replegar nuestros recursos”), defendió su decisión argumentado que obraron de tal forma “porque ponerse a pelear con dos mil personas puede generar un daño mayor, como personas lesionadas, que es lo que queremos evitar”. En pocas palabras, las fuerzas de establecimiento del orden público deliberadamente abdican de su mandato constitucional, incluso en el día de una elección, toda vez que no quieren arriesgarse a dañar a quienes perpetran delitos a vista y paciencia de todos y a los que están obligados a reprimir.

Continuando con la lectura de las declaraciones del oficial, el general Yáñez se limita simplemente a “lamentar” lo ocurrido.

Insólito.

Si hace algunos años alguien hubiera dicho que el mismo día en que se iba a desarrollar una elección en Chile, cientos de “manifestantes” estarían impunemente arrojando piedras y armando barricadas, en una jornada en que incluso las Fuerzas Armadas asumen por mandato legal el control del orden público, indudablemente uno pensaría que esa persona está fumando opio. Pero bien sabemos que este es el Chile post 18 de octubre: los árboles impiden a muchos ver el bosque, y no parece haber una correcta percepción acerca de la gravedad del actual orden de cosas. Una vez más, pareciera que ya no importa nada.

Como fuese, será una postal para la historia: el día en que se llevaba a cabo el plebiscito que pone en marcha el proceso de derogación de la Constitución de 1980, a la misma hora en que miles de ciudadanos votaban, la violencia persistía impunemente en las calles de Chile.

En lo que concierne a las horas posteriores al cierre del proceso electoral, no estará demás recordar que se registraron varios saqueos a minimarkets y farmacias, ataques a comisarías, barricadas y hasta disparos, en lo que parece constituir la verdadera “nueva normalidad”.

Para la foto. O para decirlo de otra manera, un plebiscito a la chilena.