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Renato Garín confirma el lobby de la ONU en la Constituyente

El otrora diputado del Frente Amplio y actual constituyente electo, Renato Garín, confirma en una entrevista con Tomás Mosciatti, casi de refilo y de forma prácticamente inadvertida, lo que muchos sospechamos desde un primer momento: el especial interés de la ONU en la redacción de una una nueva Carta Fundamental para Chile.

Vea entre los minutos 3:36 y 6:00:

https://dev.viewtube.io/watch?v=avhwpdV84Ow

A continuación una transcripción de este decidor fragmento:

RG: Entonces la pregunta es qué hacemos entre este punto -el momento cero que yo le llamo- hasta que el reglamento está listo. ¿Con qué reglas funcionamos? Y ese es el descampado en el que estamos.

TM: O sea estamos en la selva en estos momentos.

RG: Algo parecido a la selva, aunque como hay poca agua, tenemos poca vegetación, más un desierto. Esto los griegos lo llamaban el momento kenomático, un momento de vacío jurídico, y se está llenando fácticamente. Por un lado el gobierno, que tiene en su mano el decreto presedencial que llame a la Convención, y por otro lado los grupos de interés, especialmente los más organizados y con más recursos que quieren colocar el borrador del reglamento.

TM: Renato, el reglamento. Esto es muy importante, porque establece las reglas cómo va a funcionar, qué tipo de comisiones va a haber, qué tipo de votaciones, cómo va a terminar una discusión… (tiene que haber un momento en que esto se termina: “ya, votemos”). ¿Es verdad que hay proyectos de reglamento que ya están circulando, que hay personas, instituciones, que ya quieren estar influeyendo en eso?

RG: Comento el trabajo que ha hecho Guillermo Namor, excelente constituyente, abogado de la Escuela de Derecho de la Universidad de Chile, por Vallenar. Él contó diecisiete reglamentos circulando hoy día.

TM: ¿Cuántos?

RG: Diecisiete, que van del PNUD, que es [la] más conspicua institución que está participando del proceso, hasta los think-tanks de cada partido. diecisiete. Esto, Tomás, es como que tuviésemos diecisiete anteproyectos de Códigos Civiles, o diecisiete anteproyectos de Código Procesal Penal, esto es un absurdo. Pero el absurdo ocurre porque hay una confusión en la élite, creo yo muy de Santiago, muy de los medios de comunicación hegemónicos, que creen que el reglamento es una pieza que llega hecha. El mandato legal, Tomás, que discutimos en el Congreso, que yo lo discutí hasta la saciedad, es que la Convención debe deliberar un reglamento, que es sutilmente distinto a adoptar un reglamento ya hecho. Y ahí está el juego de los grupos de interés.

TM: Ya, pero hay diecisiete reglamentos. ¡Están contactando ya a los constituyentes!. O sea ya hay un lobby funcionando.

RG: Claro, es un lobby informal, podríamos llamarlo, una gestión de intereses como se llama en la teoría más globalmente, donde por ejemplo yo creo que el PNUD es un paradigma interesante, porque el PNUD tiene este trabajo muy adelantado. Yo no estoy en contra de que se adelante intelectualmente el proceso, sino que el mandato constitucional y legal es muy claro respecto a que se debe deliberar el reglamento en la Convención. Entonces esta gestión de instalar de facto en la mesa un borrador de reglamento le pasa por arriba al proceso, creo yo, por ende es antidemocrático.

© 2021 Naciones Unidas

Más claro, imposible.

El día después: conclusiones preliminares sobre la elección de constituyentes

Lo sucedido la noche de ayer fue una debacle para la derecha apabullante e inesperada. Como decía Tomás Mosciatti, es la mayor derrota desde la elección presidencial del 4 de septiembre de 1970, que le dio la primera magistratura a Allende.

Fueron pocos (entre ellos una de las escasas políticas hábiles de la derecha, Evelyn Matthei, que previendo la que se venía se bajó a tiempo), fueron pocos, digo, los capaces de predecir semejante ridículo electoral. Lo cierto es que rasgaban y rogaban por conseguir el tercio en la asamblea constituyente incluso hasta bien entrados en la segunda jornada electoral, pero claramente se quedaron cortos y por mucho más de lo que hasta el más agudo analista hubiera esperado (algunos columnistas, los más sensatos y experimentados, simplemente prefirieron no arriesgarse con pronósticos y esperar).

Agreguemos al panorama el hecho de que varias alcaldías importantes no solo fueron perdidas, sino que entregadas ni más ni menos que al Frente Amplio y el Partido Comunista, ambos de evidente e incuestionable raigambre marxista. Para más remate, otras comunas insignes regentadas por la izquierda radical –como Recoleta y Valparaíso- que se esperaba pudiesen ser arrebatadas, no solo mantuvieron en el poder a sus caudillos, sino que con un apoyo amplísimo.

La resaca aún está demasiado fresca como para hacer análisis electorales pormenorizados, profundos y serios (del irreflexivo e hiperactivo terreno de los actores políticos no hablemos, que solo tienen unos días más para definir sus movidas presidenciales). Sin embargo, advierto algunos fenómenos que muchos parecen pasar por alto en medio de estas afiebradas impresiones preliminares, supongo que por la propensión tan típicamente chilena a perderse entre tanto árbol y no ver el bosque.

La cantinela de los independientes y el panorama que viene

Una de las consignas más repetidas es que los grandes ganadores de esta elección fueron, sorpresivamente, los independientes.

Qué duda cabe: basta mirar los números para advertir que los independientes, contra todo pronóstico, obtuvieron más votos y escaños que los “políticos de siempre” que se esperaba que triunfaran.

Esta observación un tanto banal se está viendo acompañada, a su vez, de algunas elucubraciones accesorias y muy repetidas, a saber, que aquello es una muestra de la desafección que los ciudadanos sienten respecto de los partidos y políticos tradicionales; que el clivaje izquierda-derecha se está quedando anticuado y que esta conformación electoral dispersa sería el reflejo de una sociedad chilena nueva y diversa; que -producto de lo anterior- la lógica binominal de los grandes conglomerados antagónicos habrá de ceder en favor de una suerte de verdadera y nueva política -la del arte del debate, las negociaciones, el convencimiento y los acuerdos-; y que no todo está perdido para la derecha, pues podría conseguir su anhelado tercio para “bloquear” si logra convencer a unos cuantos de esa gran masa mayoritaria de independientes, que vendrían a ser una suerte de pozo de apoyos neutrales al cual todas las fuerzas políticas podrían echar mano.

Todo esto, por cierto, va envuelto en un cariz de optimismo y romanticismo, incluso de parte de votantes de derecha apesumbrados y renegados que ven en la asunción de una limpia y contundente derrota electoral una suerte de ejercicio de nobleza.

De todas las elucubraciones anteriores, hay una que reivindico totalmente y otra que, sin embargo, me parece demasiado absurda como para ser siquiera sugerida.

Partiendo por la primera, si hay una interpretación con la que malamente podría estar alguien en desacuerdo es que los resultados de esta elección representan un gigantesco voto de castigo en contra de los partidos y políticos tradicionales, dado que los ciudadanos parecen haber sucumbido a la idea un tanto marketera de que los “ciudadanos comunes y corrientes” representan una mejor alternativa que los “políticos de siempre”.

Lo que demasiados votantes parecieron obviar -y más de algún analista también parece obviar en los actuales análisis- es que muchos de estos “ciudadanos comunes y corrientes” son, en el mejor de los casos, “independientes”, no neutros; y en el peor de los casos son meros operadores políticos disfrazados, no “ciudadanos comunes y corrientes”.

La distinción entre independencia y neutralidad puede parecer un tanto trivial, pero atendida la sorprendente confusión que tantos siguen demostrando, es algo que se debe recordar y recalcar desde ya: ser independiente –haber sido elegido por fuera de los partidos- no significa ser políticamente aséptico, como si acaso fuese posible competir en una lucha por el poder y promover cambios estructurales sin tener ideas políticas igualmente radicales. Y en este caso se da la “coincidencia” de que, claramente, esta gran masa de “independientes” es proclive a ideas políticas de raigambre marxista.

Dicho en pocas palabras, estos “independientes”, que se muestran como simples ciudadanos honestos y virtuosos, cercanos al pueblo y cuyo único norte sería ayudar a la señora Juanita, en la realidad se autodefinirán en el mejor de los casos como progresistas, y en el peor, de plano, como marxistas (muchas veces de seguro andarán algo perdidos en su propia definición, presa de la ignorancia en política, economía y derecho; aguarde por el circo que nos depara). Sin ir más lejos, estoy convencido que si alguien decidiese realizar un estudio y armar una suerte de nube de tags (o hashtags) que aglutine a esta gran masa de constituyentes, con sus slogans, propuestas y declaraciones (por cierto que sería un interesante experimento), lo que emergería es indudablemente una lista encabezada por conceptos como dignidad, pueblo, Estado, derechos sociales, justicia social, estallido social, plurinacional, feminista, animalista, derechos reproductivos, pueblos originarios, pensiones, migración, derechos de aguas, AFPs y modelo neoliberal.

¿Ya dije dignidad?

Lo anterior nos lleva a la segunda elucubración previamente señalada y que quisiera comentar, y que he llegado a calificar de absurda, cual es que no todo estaría perdido para la derecha pues podrían sacar de aquel gran pozo llamado “independientes” agua para su molino.

Sorpresa: esos independientes, cuyos rostros, aros, tatuajes y ropas basta mirar para comprender la clase de ideas y visión de mundo que representan, no son y no serán ni remotamente proclives a las ideas de derecha, o acaso a cuestiones tan básicas que apenas merecerían reparo en cualquier país civilizado, como el crecimiento económico, el derecho de propiedad o la eficiencia del Estado.

A riesgo de ser majadero, lo reiteraré en pocas palabras: estos “independientes” no son un pozo de libre disposición al que se pueda echar mano; no son un grupo de constituyentes a los que la derecha podría simplemente convencer para conseguir un hipotético tercio. Son gente cuyo domicilio ideológico está junto con las demás listas de izquierda, sobre todo comunistas y frenteamplistas. Son los que votarán por cambiar el régimen de aguas, impondrán royalties salvajes y no tendrán empacho alguno en afectar el derecho de propiedad, afectación que en el abstracto mundo de las ideas no suena tan mal para el votante promedio que simplemente se levanta cada mañana a trabajar y quiere “dignidad”, pero que en los hechos demostrará haber tomado la peor decisión que podría haber tomado.

No me cabe duda tampoco de que, aunque sea políticamente incorrecto decirlo, muchos de los votantes sencillamente no saben por lo que votaron y nada más fueron seducidos por los disfraces de animador de cumpleaños y la retórica fácil, convirtiéndose en presa del marketing político y la negligencia de la que es probablemente la peor clase política de la historia chilena. Otra forma de decirlo en términos sencillos es que la gente votó por constituyentes independientes para castigar a los partidos políticos -tanto de izquierda como de derecha-, no porque comulguen con las ideas progresistas y marxistas que –sin saberlo- los primeros representan.

Esto, por supuesto, al Frente Amplio y al Partido Comunista les da igual. Ellos harán lo que tienen que hacer y ostentarán merecidamente su triunfo electoral, arrogándose –y este es probablemente el efecto más importante de toda esta elección- la representatividad de un porcentaje importante de la sociedad chilena. Bien sabemos que votó apenas el 40% del padrón, lo que arroja serias dudas sobre esta pseudo-radiografía sociopolítica, pero bueno, son las reglas del juego y la izquierda naturalmente jugará sus cartas.

A la hora de publicar esta columna las reacciones de la derecha siguen siendo prácticamente inexistentes. Reina un silencio mortuorio y transversal: desde el propio Presidente –cuyas declaraciones han sido escasas y escuetas- y sus ministros hasta sus otrora compañeros de gobierno –líderes de partido, diputados, senadores, candidatos, etc.-. La actual reunión de comité político de día lunes debe ser la más larga de este gobierno.

Contrario a la confusión conceptual tan difundida y que he mencionado anteriormente, la derecha política, instinto de supervivencia mediante, debe ver todo aquello como una obviedad, es por esto que, a pesar de haber sido el pacto político con mayor votación en la elección de constituyentes, están con pánico. Sí, institucionalmente hablando siguen siendo el pacto más votado, pero a la hora de medir fuerzas y sumar, no son 37 constituyentes sobreponiéndose a los 28 de “Apruebo Dignidad” y a los 25 “Lista del Apruebo”. Son 37 versus 28 + 25 + 48 (los ya mencionados “independientes”).

Y ojo, que esa suma tampoco considera los 17 escaños privilegiados de las comunidades indígenas, que en su mayoría de derecha tampoco son.

Seguramente nunca rogaron más que la izquierda se canibalice entre ellos.

Algunas predicciones breves sobre las elecciones de este fin de semana

Siendo aún mediodía de la primera jornada de elecciones, pronostico que:

  • La concurrencia electoral este fin de semana será inferior a la del plebiscito de entrada. Este último era un hito histórico-cultural, una verdadera trampa de marketing, una marca comercial de la cual sentirse un orgulloso usuario: “APRUEBO”. Sin embargo, esta elección, al margen de su capital importancia, simplemente no concita la misma mística. Vaticino que, en términos de votos escrutados, será otra elección más en el Chile del voto voluntario y la anomia juvenil. Incluso: cabe la posibilidad cierta de que concurra mucho menos gente que la esperada, con la consiguiente falta de legitimidad que se esbozará como argumento de aquí para adelante.
  • A pesar de las afiebradas preocupaciones del Gobierno y de “su” sector, sobre todo después de la debacle del tercer retiro y el TC, la “derecha” conseguirá su tercio en la Asamblea Constituyente. Más aún, me aventuraría a decir que en el clivaje izquierda-pseudoderecha no habrá claros ganadores.
  • Las desaveniencias respecto al funcionamiento de la Asamblea Constituyente surgirán desde el día 1. No, considerando que el día 1 sería la fecha de entrada en vigencia de la Asamblea, incluso diría que incluso desde antes. Aquí no hablo siquiera de los desacuerdos políticos que evidentemente habrá en grandes materias como la propiedad privada, sino hasta de minucias tales como cómo decorar el salón y qué marca de té servir. Será una bolsa de gatos peor que el actual Congreso.
  • La nueva institucionalidad que se crea con los “gobernadores regionales”, extraño sistema híbrido en que el país mantiene un orden político-administrativo regional y centralizado suavizado con tímidos tintes de federalismo, demostrará ser en los años venideros (e incluso, dada la crisis institucional y política actual, posiblemente en los meses venideros) un remedio jurídico peor que la enfermedad, recordándonos una vez más que la improvisación chilensis es una pésima consejera.

P.S. Es muy probable que solo al final de la jornada de mañana, cuando comiencen a aparecer los primeros cómputos, y aparezca de manifiesto que no es tan fácil como contar apresuradamente quién sacó más votos para dirimir quién ganó, solo entonces la gente de a pie comenzará a entender lo que realmente significaba la tan cacareada y celebrada (pero no por ello menos injusta e inconstitucional) “paridad”, con candidatos a constituyentes compitiendo con dos sets de reglas del juego distintas según si usan calzones o calzoncillos. No se sorprenda si una legión de señoras Juanitas (o, para ser más contemporáneos, digamos las legiones tuiteras) descubren horrorizadas, al unísono, que su candidato -que sacó holgadamente más votos que el resto- no será electo porque la ley así lo dice y porque Dios también es hombre.

P.S. 2: Es muy probable también que solo a partir de los días venideros esas señoras Juanitas y legiones tuiteras comenzarán recién a entender qué es lo que en verdad aprobaron. Cuando resulte evidente que la famosa asamblea constituyente estará compuesta mayoritariamente por los mismos políticos chantas de siempre, el cortocircuito popular llegará a ser casi cómico (si no fuera porque en verdad será todo más bien trágico, ya que es de esperar que la insurgencia de ultraizquierda reactive su agenda con el pretexto de que o las elecciones estuvieron viciadas o la conformación de la asamblea no es representativa).